4 de diciembre de 2011

El Internauta Acorralado



Me pregunta usted en su último email si no seré yo, en realidad, con mi actitud, el responsable de mi propio fracaso social. ¿Sabe usted? Yo ya odiaba a la gente antes de saberme maltratado por ella pero, si no justo, era al menos un odio coherente, no odiaba unas veces sí y otras no, sino siempre y a todo el género humano y, a pesar de ello, jamás hice daño a nadie.
Buscaba, eso sí, mi propio bienestar. Mi psicólogo, no obstante, me reprochaba mi actitud egoísta. Debía tener contacto con mis semejantes, serles útil, ganarme su aceptación. Sólo en la vida en sociedad cobra sus auténticas dimensiones la naturaleza humana, me decía él. Y aun cuando no fuera así, tenía el deber ético de preocuparme por los demás. Pero de ellos me separaba un abismo porque tenía lo que los profesionales de la salud mental conocen como fobia social, la peor de las fobias y, dicho sea sin arrogancia ni presunción, la que más razonable resulta, pues no hay animal al que se pueda temer y odiar por tantos motivos y tan de peso como al ser humano. El mayor temor que me suscitaba esta observadora y vil criatura era que pudiera ser mal evaluado, menospreciado y criticado, temor semejante al que alguien, que en un arrebato de ira autodestructiva se hiriera a sí mismo con un objeto cortante, pudiera sentir a meterse a continuación en un río lleno de pirañas, que pronto acudirían llamadas por la sangre que manaba de la herida.
Incapaz de experimentar mejoría, dejé de considerar útil seguir acudiendo al psicólogo, quien según propia confesión, durante su estancia en la Universidad había abusado de la poco sana práctica de fumarse las clases, y me resigné a vivir con mi angustia indefinidamente. Entré así en un largo periodo de profundo aislamiento.
En lo que respecta a ese periodo, no tengo ninguna prueba que me permita denunciar molestia alguna de vecinos, conocidos o amigos, si bien es cierto que tampoco les recuerdo actitudes altruistas o generosas para conmigo. Hubiera dado yo al diablo toda la urbanidad y las buenas maneras de estas personas si, en lugar de resignarse a dejarme sólo y olvidarse de que existía, hubieran dado el paso heroico de traspasar el umbral de mi triste y silenciosa casa, aun a despecho de la ansiedad que sentiría ante su presencia: llegué al punto de temer más mi soledad que a los mismos seres humanos.
Esto acabó cuando comencé a convivir con Isabel, una joven esquizo-afectiva que necesitaba urgentemente el cobijo de un hogar y los cuidados de otra persona. Se preguntará cómo logré vencer en esa ocasión mi horror a la compañía humana. Me condujo el impulso ante el que enmudece toda vacilación del valor: la ineluctable voz del deber moral. Cuando llamó a mi puerta aquella chica y me pidió dinero con sus ojos velados por el terror y la alucinación, le dí no ya unas monedas sino toda la ayuda que pude.
Fue entonces cuando, al contrario que cuando estaba solo y vivía sólo para mí, empecé a sentirme objeto de las injerencias de mis semejantes: de los vecinos, disgustados porque había metido en el bloque a una demente que quizá, pensaban ellos, era peligrosa para la comunidad, de mi familia, que me reprochaba lo que creía unas relaciones morbosas, e incluso de mi propia protegida, que llevada por sus delirios, pretendía que yo deseaba crearle algún tipo de perjuicio.
Como en mi periodo de soledad absoluta no necesité ni reclamé la colaboración de los extraños, su menosprecio, tan temido por mí, fue sólo una sombra de mi imaginación, pero ahora que necesitaba de ellos, acabó siendo algo real. Se irritaban con mi descaro cuando pretendía entrar el primero en cada lugar en el que había gente aguardando su turno por no hacer esperar a mi protegida, cuando les exigía el mejor trato posible para ella o cuando les hacía preguntas indiscretas para sacarla de un delirio persecutorio. Llegaron a llamarme tonto, entrometido, granuja, desaprensivo y hasta reptil como solo premio a mi renuncia al egoísmo. Muchas veces era tal mi celo protector que caía en el ridículo y, lleno de ansiedad, tenía que oír las risas, los comentarios jocosos, las críticas, agravios y provocaciones de la gente, cuando la única razón, se podría decir, por la que se me trataba tan mal era que había dejado de ser una persona reprobable.
Debido a la medicación, que consiguió un efecto rápido y eficaz sobre ella, a mis lecciones de filosofía, que la ayudaron a afrontar mejor sus problemas y al afecto que recibió de mí, mi protegida alcanzó una mejoría prometedora.
Pero una vez que se sintió sana mentalmente, deseó salir, divertirse, gozar de la calle. Yo salía con ella, pero pronto le pedía, le suplicaba que volviéramos a casa porque la angustia que me producía la gente que nos rodeaba, la que abarrotaba las calles, me era insoportable. Ella acabó cansándose de los rápidos retornos al hogar, de mi miedo a abrir la puerta, a coger el teléfono, a recibir visitas, a trabajar en cualquier empleo y, tildándome de tarado, me abandonó y volvió a su ciudad de procedencia.
Como Isabel comentó su decisión con los vecinos, muchos de ellos me visitaron los días siguientes a su despedida para conocer los detalles de nuestra ruptura bajo pretextos como preguntarme si funcionaba bien el televisor o si había recibido ya la factura mensual de la compañía telefónica. "Pues es extraño -decían cuando recibían una respuesta afirmativa de mi parte- porque llevo una semana esperando y nada... Por cierto, ¿es verdad que la chica se ha ido definitivamente...?" Pero con el tiempo volvieron a su acostumbrado desinterés y abandono.
No, no me ha faltado espíritu de superación pero, por lo visto, somos una especie difícil...

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