31 de diciembre de 2011

El Corazón de Oro (Segunda parte)

Si no recuerdas la primera parte, pincha aquí: Primera parte

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-Ese número sí que no me dice nada, Fred -dijo Mike después de soltar una carcajada-. Tus chistes me han hecho reír al fin -y cogiendo de nuevo su sombrero se dispuso a salir otra vez. El Jefe de Policía ya estaba acostumbrado a las bromas a veces pesadas del forense y las toleraba mal que bien.

-Lo he comprobado y es el número de placa del cabo Randell. ¡Te digo que no es ninguna broma Mike! Comprueba por ti mismo cuanto te he dicho.

Alfred Covent se dirigió a un rincón de la sala de autopsias, abrió un cajón y volvió con dos objetos metidos en sendas bolsas asépticas. Mike Zinneman analizó pacientemente primero el corazón de Karl Knabell y comprobó que el número estaba muy débilmente grabado, apenas una chamuscadura superficial. Luego cogió el objeto encontrado en el cuerpo del hombre negro, Bill Harper, lo rascó con la llave de su camioneta todoterreno y, después de hecha la prueba, dijo a su compañero:

-Fred, o Dios es un timador de poca monta o este suceso es más terrenal de lo que parecía en un principio. Este objeto es plomo con un baño de oro.

*   *   *

Al día siguiente, día 25 de diciembre, a las diez de la mañana, la esposa de James Randell abría la puerta de casa al Jefe de Policía, envuelta en su albornoz azul claro. 

-Hola, Mike, pasa. Jim está en la sala de estar. Está viendo los dibujos animados con la pequeña -y dijo esto último con el tono cómicamente decepcionado de la mujer que esperaba un marido más maduro cuando se casó.

-¿Como va la Navidad, Oficial? -dijo el cabo Randell poniéndose en pié y aproximándole la mano.

-Jim, ¿puedes venir conmigo al departamento de policía? -dijo Mike- Hay dos problemones allí, que no nos aclaramos.

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El 26 de diciembre, un mendigo fue al departamento de policía pidiendo la comida de un día completo a cambio de un corazón que había hallado dentro de una bolsa de basura en un contenedor. Mike Zinnemann, en cuanto este hecho le fue comunicado, corrió a la sala de autopsias e interrogó al forense. El ADN iba a ser analizado pero no cabía duda alguna, en aquella ciudad tan pequeña, tan provinciana no se perdían corazones todos los días y menos en fechas tan tópicas y familiares, ni aunque hubiéramos hablado del cruel enero o el agobiante julio, habrían encontrado los basureros repletos de corazones. El corazón no era de un animal. No podía ser de otro que del pobre Bill Harper.

-¡Fred, creo que sé lo que ha pasado! -De pronto recordó que el departamento de policía estaba bajo sospecha y pidió al forense que le acompañara a la calle. 




CONTINUARÁ EL PRÓXIMO 5 DE ENERO


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