16 de diciembre de 2011

El Celoso

Juan Otero, había dejado más que harta a su exesposa con sus celos obsesivos. A cada momento se la imaginaba yaciendo con un hombre. En su imaginación, ninguna mujer tenía más resistencia para el sexo que la suya pues, como si apenas le echase quince minutos entre un revolcón y otro, el ardor de sus temores se le reproducía cada media hora. Aunque sólo fuera por los gastos del móvil, este problema sería ya imposible de mantener durante mucho tiempo, de modo que tras el divorcio que tuvo que concederle a su fiel pero agobiada consorte, hizo una terapia psicológica tan maravillosa que le reportó un cambio radical. Se aprendió de memoria para no volver a olvidar jamás lo de la sustitución de las obsesiones por pensamientos positivos, la discusión lógica consigo mismo, el no considerar necesidad lo que sólo es un deseo y otras mil herramientas útiles para todo aquel que es víctima de sus propias emociones. 

Hasta tal punto mejoró que volvió a casarse con otra mujer, que no tenía muy buenas credenciales pero que su cerebro bien adiestrado le mostraba como la mujer más casta y bondadosa del mundo. Sin embargo, un día un vecino, hombre virtuoso que se desvivía por ser de provecho al mundo, le abordó y le dijo:

-Buenos días, Juan, el tiempo parece que va a cambiar, ¿verdad?

-Sí, gracias a Dios -contestó Juan Otero-. Esta semana han caído chuzos de punta sobre nuestras cabezas...

-Hablando de chuzos, ¡qué faena la de "El Fandi" con las banderillas el otro día en la Plaza de las Ventas!

-Ese lance a mí me parece que le gustó hasta al toro.

-Por cierto he de darte una malísima noticia, Juan. He oído contar que tu nueva mujer tenía mala fama cuando hacía vida de soltera.

-¿En serio? -dijo Juan sonriendo con una mueca sardónica en los labios-. ¡Bah! Yo no hago caso de habladurías.

-Espero que lo encajes bien, Juan, pero incluso hay personas muy malas que dicen que sigue con su ritmo de antes.

Juan echó una carcajada bondadosa y alegre y dijo:

-¡Cómo son las bromas en este barrio! Esas cosas me hacen sentir bien porque, si se gastan bromas sobre uno, quiere decir que uno ha alcanzado lo mejor que se puede desear que es ser querido por la gente, ni más ni menos...

-Juan, creo que estás negándote a admitir la triste realidad. Un encargado de un hotel de baja categoría alquiló una habitación a una mujer con el nombre y apellidos de la tuya y a un hombre con el que pasó la noche, incluso dando algún que otro grito de placer, según cuenta el viejo que reparte los pedidos por las habitaciones.

-¡Venga ya, vecino! Eso no hay quien se lo trague, parece una historia de Agatha Christie -y soltó una risa tranquila y relajada.

Pero el vecino, que se había ido poniendo más hosco y agitado a medida que Juan iba dejando pasar todas sus informaciones sin reaccionar con una pérdida de los nervios, cambiando a un tono de profunda irritación, dijo a continuación:

-¡Pues no es ninguna historia porque precisamente el hombre que estuvo con ella en aquella habitación del hotel fui yo!

Juan Otero se quedó mirando pensativo al rostro de su vecino y, al cabo de un espacio, dijo:

-Entonces sí que es posible que haya habido algo raro...

2 comentarios:

  1. Pues vaya que el positivismo funciona, a tal punto de dejar de ser victima de todas las emociones, hasta quizás otorgue esa ironía final sobre lo extraño, o lo a sospechar siempre esta en el otro, el vecino.Genial Luis, lo comparto, con permiso o con sin permiso.

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