3 de diciembre de 2011

Don Dinero



Su vida estaba derrumbándose. Esa mañana le habían anunciado que no presentaría más las noticias de la cadena de televisión en la que trabajaba. Enero era una fecha inusual para tales cambios pero después de lo ocurrido les pareció que era eso lo que correspondía. Una cosa era que contara una campanada o dos de menos, pero que dijera que comenzaban los cuatro cuartos justo cuando sonaba la campanada número doce era un lujo que no se podía permitir el narrador de las campanadas de Fin de Año y menos tratándose de alguien tan especial como el presentador de las noticias de las nueve de la noche.

Pero ahora todo eso sonaba como un episodio chistoso al lado de la llamada que en plena víspera de Reyes le había hecho su abogado.

-Tu regalo de mañana al despertar será la bancarrota -le dijo con demasiada calma, lo que le irritó todavía más.

-¡Pero hijo de...! Venga, Carlitos, dime ahora mismo que no es verdad lo que me estás diciendo -exclamó.

-Mira, pequeño amigo de mierda -dijo el abogado-, tu quisiste invertir en esa empresa gilipollas todo lo que tenías, ahora te vas al infierno. ¡Que te den...!

Para desahogarse tuvo que lanzar el móvil contra el televisor. Estuvo diez minutos sujetándose la cabeza con las dos manos para que sus turbulentas emociones se apaciguaran. Finalmente extrajo de su bolsillo otro móvil y marcó el número de su novia, una pelirroja de 25 años de medidas perfectas.

-Anabel, acércate y trae dos botellas de vino, esta noche cenamos aquí.

-Fernando, lo siento pero mejor te olvidas de mí, ahora eres un obstáculo a mi carrera. No quiero ser la novia del perdonauvas.

¿Perdonauvas? En ese momento no atendía a los detalles de lo que oía. Sólo tenía fijo en su mente el extraño hecho de que le pedía que la olvidara. No era posible, Dios. Estaban en pleno romance amoroso, ella lo quería tanto como él a ella, además nunca la había necesitado tanto como en esos momentos.

-Anabel, ven y discutiremos eso, creo que te ha influido algún especulador de la prensa rosa o algo por el estilo. Ven por lo que más quieras, te necesito en estos momentos; esto no se va a terminar, ¿me oyes?

-No sé qué tienes contra la prensa rosa... sabes que lo nuestro no era más que un montaje...

-Anabel, ¿sabes lo que eres? Una cortesana. No sirves para otra cosa que para la cama... Eso será lo único en lo que tendrás éxito, grábatelo bien... Adiós, estúpida.

Unas pocas lágrimas saltaron de sus lagrimales y embalsaron sus párpados y ojos. Luego se las secó y salió a la calle.

En su trayecto hasta el bar principal de su barrio, le pareció al menos dos veces oír la palabra que pronunció su ya exnovia, perdonauvas.

-¡Lo que faltaba! -pensó- Un mote folklórico. Lo siguiente será el linchamiento. Este país...

En el bar popular del barrio, en el que solía tomarse una cerveza con amigos los sábados por la mañana, le hizo llegar al límite de su indignación ver que, en su propia cadena, un programa de cotilleos públicos se estaba decantando por una hipótesis tendenciosa para explicar la pésima retransmisión de las uvas que había hecho. La hacían incluso resultado de una pequeña conspiración de descrédito en la que estaba colaborando con la competencia.

Su móvil le puso en contacto tras dos o tres llamadas intermedias con el director de la cadena.

-¿Qué es esta historia, Luis? Te exijo que restablezcas mi buena imagen o llevaré a ese programa a los tribunales.

-Guarda el poco dinero que te queda para poner una papelería -dijo el director-. Este febrero se acaba tu contrato y no lo vamos a renovar. Estamos hartos de tu estúpida imagen de defensor de valores pijos, que está haciendo bajar tanto nuestra audiencia. El público quiere espectáculo, no información. Al vulgo hay que darle lo que pide como dijo Lope de Vega. Porque si no lo hacemos nosotros, otra cadena se llevará el dinero de la publicidad. ¡Mira, señorito, muérete y vete a la mierda con tus principios! Pedazo de mamón...

Si tenía alguna duda de que le era posible equivocarse, en aquellos últimos días se estaba esfumando de su pensamiento. Acababa de asistir estupefacto y en total silencio a la revelación de boca del director de lo equivocado que estaba acerca de lo que se pensaba realmente de él en la cadena. Tampoco habló cuando el director acabó y continuó su silencio hasta que éste cortó la llamada. Su palidez repentina atrajo la curiosidad del dueño del bar, que le preguntó si se encontraba enfermo.

-Me van a despedir... Si a eso le añadimos que he perdido 100.000 en la bolsa y que tengo la mansión de lujo hipotecada, me quedo en la puta calle, Ramiro.

Cuando franqueó la puerta del bar para retornar a la calle le pareció escuchar la voz de alguien que le decía desde el interior:

-Eso por vividor, hijo de p...

Ya estaba oscuro y se escuchaba, atenuado por la distancia, el clamor de la Cabalgata de Reyes. Mientras caminaba sin rumbo por calles hiperiluminadas, reflexionaba sobre el camino a tomar. Volver a la ciudad de la que salió tras su adolescencia a pedir cobijo en la casa de sus padres le daba vergüenza porque no había hecho nada por ellos a pesar de su bonanza económica.

Cuando, tras darle muchas vueltas al tema sin llegar a decisión alguna posible, su cerebro parecía palpitarle dentro del cráneo, se sentó en la acera de una calle estrecha y solitaria y apoyó la cabeza en la pared. Entonces pudo ver cómo avanzaba por una acera mal iluminada que desembocaba al otro lado de la calle una mujer que, al acercarse algo más, comprobó que era de unos treinta años, como él, y que tapaba su cara con el pañuelo islámico. Cuando, apiadada del que consideró un indigente, le echó una moneda al pasar junto a él, en el relativo silencio del lugar se abrió paso el chasquido metálico de la moneda al caer.

Al comprobar que el indigente simulado no se apresuraba a recoger la moneda y que su vestimenta era lujosa y nueva, se agachó para recuperar su limosna. Pero por caballería él hizo un movimiento para recogerla del suelo y entregársela y, al entender ella que lo que en realidad pasaba era que el hombre quería de verdad la moneda, hizo el gesto de volverse a incorporar, pero eso ocasionó que él comenzara a retirar su mano porque comprendió que su movimiento había provocado un malentendido. Por ello, ella volvió a querer cogerla y él a alcanzársela y así estuvieron un buen número de veces repitiendo el toma y daca hasta que sus manos se encontraron en la disputa de la moneda. De algún modo ambos sintieron que aquella moneda ya no era de ninguno de los dos. El presentador la cogió entonces y la lanzó lo más lejos que pudo; sólo después de un espectacular lapsus se escuchó el sonido de la moneda al caer a lo lejos. La mujer musulmana lanzó una carcajada y él le sonrió con simpatía e hizo un gesto burlón de caballero cortés. Ambos se separaron con simpática cordialidad. Ella en dirección a su casa y él a dormir para ver las cosas más claras por la mañana.


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