25 de noviembre de 2011

La Amiga del Balcón



Abrió los ojos y dudó un momento. ¿Qué día es hoy? Sábado. Cada vez le era más difícil distinguir los días, salvo el domingo, que era el día en que iba a casa de su hermana. La soledad había dejado de dolerle. Nadie podría reprocharle que no hubiera intentado encontrar pareja; había algo que había alejado de él a las mujeres. "Bueno", se decía cada vez que intentaba explicárselo a sí mismo, "ya soy muy viejo para preocuparme de esos extraños motivos. Pronto caerá el telón, ¿qué puede importar ya nada?"

El chico de la Cruz Roja llegó a las 11. Le hizo unos recados y se marchó. Antes de despedirse, tuvieron una conversación.

-Ramiro, ¿tienes novia?

-Sí, Juan.

-Yo nunca he tenido ninguna -dijo el anciano.

-Esas cosas pasan...

-A veces echo de verdad en falta convivir con alguien pero soy demasiado viejo para pensar en esas cosas y en seguida se me pasa el deseo.

-Juan, váyase a vivir a una residencia, allí encontrará gente de su generación con la que convivirá. Hay todo tipo de pasatiempos: naipes, dominó, adivinanzas... es ir allí y empezar a flipar un montón.

Juan cambió de opinión con respecto a Ramiro. Le creía un chico inteligente pero ahora le parecía que estaba chocho como un viejo. ¿Qué demonios le importaba a él el dominó? Él sólo añoraba una compañera, eso era lo que había querido darle a entender. Se arrepentía de haberle confesado su pensamiento más secreto a aquella persona. Ahora le parecía un vulgar atiende-viejos sin alma. "¿Qué hará este tipo de personas en la vida cuando aparezca un modelo eficiente de robot?", se preguntaba después con irritación.

Sin embargo más tarde se dijo que la amistad también era importante. Había perdido su oportunidad de vivir con una mujer, pero todavía podía disfrutar de una conviviencia con amigos. De modo que antes de la una ya estaba llamando al número que Ramiro le había dejado, que era el de una residencia a veinte kilómetros de allí. Tomaron sus datos y al cuarto de hora le llamaron y dijeron que el lunes mismo, si así lo quería, irían a recogerle.

-Gracias, pero que  sea al atardecer porque tengo cosas que hacer antes.

En gran parte se marchaba por despecho. Desde hacía meses, todo lo que tenía que hacer sentado en una silla lo hacía junto a la ventana que daba a un balcón del otro lado de la avenida por no sustraerse a la mirada de una mujer de su edad que pasaba la mayor parte del día allí cuando hacía buen tiempo. Nunca se habían visto de cerca o hablado, salvo a gritos, pero había surgido entre ellos un afecto y complicidad mutuo, como cuando pasaba una ambulancia con la sirena sonando a gran volumen y ella movía la cabeza y hacía gestos de fastidio mientras que él se llevaba un dedo a la sien para indicar que esa gente estaba loca. Sin embargo el día anterior ella no había aparecido en el balcón. Tampoco aquella mañana de sábado apareció ni aparecería el día siguiente. A su parecer, se había enfadado con él y le había abandonado como las otras mujeres.

El lunes, un cuarto de hora antes de que llegaran a recogerlo desde la residencia de ancianos, preparado ya, con la maleta hecha y un nudo en la garganta porque al fin y al cabo hubiera preferido quedarse allí, vio el rectángulo luminoso que proyectaba en la pared la luz del sol, que ya estaba próximo al ocaso aquel día de agosto. Apartó por completo la cortina para observar por última vez el balcón, escenario de aquella fugaz felicidad que había vivido en las postrimerías o pre-postrimerías de su solitaria vida y he aquí que le sorprendió encontrar de nuevo a su amiga.

Ella le vio entonces y sonrió y mostró su alegría por el reencuentro. El rostro de Juan, en cambio, era patibulario; desapareció un momento de la ventana y reapareció llevando en la mano la maleta, que alzó hasta hacerla visible desde el balcón. Cuando la anciana la vio y comprendió lo que significaba, para sorpresa de Juan, guiñando sus ojos y extendiendo hacia abajo las comisuras de los labios inclinó el rostro y, ocultándoselo con las manos, comenzó a llorar.

Juan corrió con la maleta hasta su escritorio donde encontró un folio en blanco y, tras sacar su bolígrafo del bolsillo de la camisa, escribió con letras grandes:

NO TE PREOCUPES POR MÍ. PRONTO MORIRÉ Y DEJARÉ DE ESTORBAR.

Contempló unos segundos la nota reflexionando si sería suficiente. Cuando vio que pasaban cinco minutos de la hora en que venían a recogerlo, su corazón le dio un vuelco, se precipitó hasta la puerta, pegó cuidadosamente el folio en el centro de la hoja con cinta adhesiva y se marchó con la mayor celeridad que le  permitieron sus viejas piernas a pasar la noche con aquella chica de 79 años que al fin le había dado una muestra de verdadero amor.



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