21 de noviembre de 2011

El Traficante de Arte

Hell Watt, llevando su acostumbrado bastón, entró en la tienda de Walter Bangs, para él un auténtico ordinario, aunque tenía tanto dinero que podías llevarle cualquier cosa. Walter Bangs era un atracador de bancos retirado y utilizaba un socio especialista en arte. A Hell Watt le sorprendió verle en la tienda. Le acompañaba una rubia teñida, sonriente sólo para él, a la que él también dirigía miradas sonrientes y de mucho interés.

-Buenas tardes, señor Bangs. ¿No está Mike, su socio? -dijo Hell.

Walter respondió algo ofendido:

-El accionista mayor soy yo, de modo que sea lo que sea lo que haya venido a hacer a esta tienda, me basto yo para atenderle -y entonces dirigió hacia su acompañante femenina su mirada, que pasó del brillo furioso que había dedicado a Hell, a uno de ternura y desconcertante candidez.

Hell maldijo entonces su suerte, aquel individuo, ignorante absoluto en cuestiones de Arte se acababa de enojar con él. Seguro que si establecía un precio insignificante por el cuadro robado, no tendría más opciones que aceptarlo o recurrir al  estúpido y avariento Frank Dobbie. 

-Quisiera ofrecerle una obra auténticamente maestra -dijo entonces Hell.

Walter cerró entonces la puerta de su establecimiento con pestillo y los tres pasaron a una habitación sin ventanas.

-Por favor, Mary -dijo el comprador- siéntese en esta silla (sí, aquí cerca) mientras yo despacho un pequeño negocio con este señor.

Entonces le pidió a Hell que le mostrara el cuadro que quería venderle. Hell desenroscó el mango del bastón y sacó de su interior un largo lienzo enrollado. Walter se puso a contemplar el cuadro.

-¿Qué es esto? -le dijo a Hell.

-Son girasoles.

-Ya lo sé, me refiero a quién lo ha pintado porque en mi vida he visto yo una pintura tan mediocre -dijo Walter, y furtivamente espió el rostro de la mujer, a la que quería impresionar, buscando las señales de aprobación que ansiaba. Efectivamente comprobó que ella asentía a aquel juicio tajante sobre el cuadro.

Hell dijo entonces:

-El autor es Van Gogh.

-Pues Van Gogh es basura -dijo entonces el comprador, que volvió a espiar el rostro de la mujer objeto de sus aspiraciones. Y en un visto y no visto el cuadro quedó hecho tres trozos y lanzado a la chimenea.

Cuando Hell comenzó a creerse lo ocurrido, se lanzó a la chimenea a recuperar la obra maestra de todos los tiempos, pero estaba tan dentro de la chimenea, las llamas eran tan grandes y su brazo tan corto que, tras quedarse sin pestañas ni cejas, sólo alcanzó a sacar dos restos carbonizados que ya no servían para nada.


2 comentarios:

  1. Ohhh, Hell, debió llamarse Help, brazos cortos…excelente e irónica metafora.Cariños.

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