13 de noviembre de 2011

El Final de un Dictador

Dedico este cuento a mis amigos
de la universidad Oscar de Jódar Bonilla
y Carmen Gambín Alcaraz.

Luis Rafael García Lorente


El Almirante Rodríguez, hablaba desde el teléfono de su despacho, mostrando en su rostro una expresión de preocupación que, unida a su estrabismo, le hacía la viva imagen del horror cósmico porque parecía que miraba a todas partes a un tiempo con el mismo miedo.

-El Dictador -decía-, desafortunadamente para el ejército del país, que lo amaba como a su hijo predilecto, se ha despeñado por un barranco haciendo senderismo. Todo sea por la Revolución.

-¡Nuestro querido Dictador muerto! -estalló el General del Ejército del Aire, Pedro Pájaro, desde el otro lado del hilo telefónico- ¡No muerto, porque un revolucionario de verdad nunca muere! ¡Roto! ¡Se nos ha roto el Dictador! -Rodríguez escuchó entonces a Pájaro emitir un sonido entre sollozo y relincho histérico-. ¿Puede descartarse ya la intervención de disidentes?

-Hay una sospecha pero requiere un estudio de la hoja de servicios de cierto oficial de diecisiete años.

-¿Y en qué consiste esa sospecha, mi querido Almirante?

-Nuestro dictador se enganchó una hora antes los pantalones en una rama y este oficial de que te hablo tiró de la rama para liberar a quien liberó a nuestro pueblo. El resultado fue que al Dictador se le hizo un enorme siete en la prenda.

-¡Qué oficial más torpe, por Stalin!

-¡Y tanto! El Dictador necesitó de aguja e hilo urgentes para no exhibir sus calzoncillos ante las representantes de la Asociación Nacional de Mujeres Libertarias con que contaba la comitiva campestre.

-¡Por Stalin, qué humillación! Ese individuo merece la pena capital.

-El Dictador le dijo entonces al oficialito que no le ayudara nunca más a no ser que él se lo ordenara o tendría un pelotón de fusilamiento enfrente.

-¡Qué clemente era el Dictador! En lugar de fusilarlo en aquel mismo momento, le dio otra oportunidad. ¿Y cómo fue el caer por el barranco?

-La reciente lluvia había dejado el sendero por el que caminaban convertido en un barrizal. El suelo estaba muy resbaladizo y tras dar un paso en falso, el Dictador cayó en redondo y dió con la cabeza en una piedra. En la misma caída, su pie empujó un árbol caído que estaba en precario equilibrio sobre la orilla de un precipicio. Este empezó a deslizarse hasta el barranco arrastrando tras de sí por el pié al Dictador, que con el golpe había quedado inconsciente. Finalmente árbol y dictador se precipitaron hasta el fondo. El oficialito era el único que estaba justo al lado del Dictador en el momento del accidente y en buena posición para haberle salvado la vida pero declara ahora que recordó la prohibición que nuestro libertador le había impuesto y que determinó no violarla porque antes que la vida de nadie estaba la suya propia.

Casi escupiendo cada sílaba, Pedro Pájaro, musitó despectivamente entre dientes:

-Capitalista...

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