15 de noviembre de 2011

[HISTORIA PERSONAL SOBRE EL PASO DEL TIEMPO]

Tendría algo más de diez años y la cabeza llena de las fantasías que veía en la televisión y tanto me gustaban, estaba a punto de comenzar la democracia en España o había comenzado ya, mi principal ilusión en la vida era ver la serie Kung-Fu sin que cortaran el suministro eléctrico y, cuando me olvidaba del futuro y decidía vivir el presente, como dicen los psicólogos, era porque estaba jugando con mi primo Ramonín, mucho más pequeño en edad que yo con el que acabé adoptando un rol de narrador particular de cuentos, siempre improvisados, quizá inspirándome en la afición que tenía mi abuelo a contar sus batallitas chupando a palo seco de una boquilla de plástico porque había fumado ya en la vida todos los cigarrillos de verdad que aguantaban sus pulmones. 

Con el tiempo mi conciencia de la importancia de mi propia habilidad narradora me llevó a cometer el gran error que cometen los mortales frente a los dioses, el creerse igual a ellos. Y lo que hice entonces fue contar a Ramonín y sus hermanas el mismo cuento del día anterior porque me había parecido un maravilloso cuento de terror. Pero al final, en lugar de las exclamaciones de la primera vez, sólo vi caras serias e inexpresivas y cuando pregunté por qué se me negaba el aplauso de esa manera me respondió Ramonín que no le gustaban las repeticiones. Esa fue la mayor lección de humildad como narrador que recibí en mi infancia. 

Por razones que no recuerdo, dejé de ir un tiempo a casa de Ramonín. Un día quise volver, me acababa de cambiar la voz por la llegada de la pubertad y mientras narraba el cuento a mis primos, el sonido ronco de mi garganta me producía una sensación extraña, incompatible con la ingenuidad de mi cuento. Desde entonces nunca más he vuelto a casa de Ramonín. Durante mi niñez y adolescencia, aunque esto parezca el darse tono intelectual de un escritor autodidacta, parte de mis doloridas tristezas interiores eran provocadas por la conciencia del paso del tiempo.

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