11 de noviembre de 2011

Caratonto


Pedro iba camino de casa mientras, henchido de orgullo, recordaba lo que había oído en la reunión de profesores en la que había estado presente cinco minutos por un pequeño asunto:

"-Pedrito, eres un niño muy inteligente -dijo don Simón.

"-Llegarás muy lejos cuando seas mayor -dijo doña Silvia.

"-Es un niño con una memoria asombrosa y muy responsable, ¿verdad, Simón? -dijo don José

"-Sí -contestó don Simón- y no sólo eso: además lee con gran fluidez. Mejor que los demás niños..."

¿Así que era inteligente? Si unos tíos tan listos lo decían, tenía que ser verdad. Ahora sí que había llegado la hora de que cambiaran las cosas. A partir de ahora no volverían a reírse de él. Se encargaría de eso echando mano de su privilegiado cerebro. 

¡Se haría respetar! Pedro agitaba el puño con obstinación, contemplando abstraído la potencia de su mano.

-¡Me haré respetar, me haré respetar...! 

Pero cuando llegó al borde de una zanja, gracias a que ésta escapó a su percepción, cayó dentro . Desde el fondo, dolorido y fastidiado, escuchó las risas estrepitosas de los compañeros que le precedían: una vez más, esas risas...



2 comentarios:

  1. Pobre chico... Oye, es una crueldad que hagas un relato de este suceso, qué penita :(

    Un saludo!
    Sara.

    P.D.: Después de las oposiciones, vuelvo a estar activa en el blog :)

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  2. Lo siento, Sara, el sarcasmo al que me lleva mi propia frustración me incita a veces a no darme cuenta de que puedo estar siendo cruel con otras personas inocentes. Pero cuando escribí este cuento no estaba más que recordando mi propia infancia.

    Me alegro que vuelvas a la actividad en tu blog, lo visitaré. Gracias por el detalle de indicármelo.

    Un saludo afectuoso.

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