28 de noviembre de 2011

Blancanieves para mayores


El café-bar Espejo Mágico carecía de clientes a aquella hora de la noche. Todos estaban viendo con sus familias el final de una serie familiar de televisión que había sido un éxito rotundo de audiencia. Solamente cuatro personas ocupaban una mesa, hablando con gran animación en inglés y riendo con estruendo de cuando en cuando. Y en la barra sólo había un cliente. Había acabado su tercer whisky y parecía juguetear con el vaso.

-No hay nada ahí -le dijo al barman.

-¿Cómo dice usted? -dijo el barman volviendo rápidamente su rostro del televisor hacia su cliente.

-En el fondo del vaso no hay nada, sólo el reflejo de uno mismo -dijo el cliente.

El barman rió la ocurrencia.

-Sí, eso dicen los filósofos de la bebida -dijo-. ¿Le lleno otra vez el vaso?

-De ninguna manera -contestó el cliente- tengo una familia en que pensar. Un hombre casado y con una hija no puede andar por esos suelos de la calle cantando serenatas... Es broma. ¿Cuánto le debo?

El cliente salió a la calle y montó en su Hyundai. Al  llegar al garaje del edificio donde vivía, aparcó en su plaza, feliz bajo el efecto del alcohol. Pero al comprobar la ausencia del Ford de su esposa en la plaza acostumbrada, detalle que hizo desaparecer todo su buen humor, subió los escalones que le separaban de su piso lleno de una indignación furiosa y desproporcionada. El alcohol en un principio le había halagado y devuelto su fe en que era digno de ser amado, pero ahora aquél pequeño detalle volvió en su mente mucho más probable y real que otras veces su sospecha de una infidelidad de su esposa.

Ana, una niña de 14 años, estaba en su habitación chateando con Andrés, su amigo del instituto. Ambos se querían mucho y eran muy cómplices en todo. Ana empezaba a verse liberada de sus miedos infantiles, el mundo para ella comenzaba a estar hecho a su medida. Se sentía con capacidad y fuerzas para moverse por él con total desenvoltura. Por eso no sintió tanto sobresalto cuando escuchó en ese momento el timbre de casa, al contrario de lo que había sucedido hasta hacía poco tiempo y desde periodos lejanos y borrosos de su infancia en que la sola mención de la palabra timbre ya le causaba pavor.

Suponía que quien llamaba era su padre que siempre se olvidaba de la llave pero no sintió miedo a abrir la puerta.

-¡Dime dónde está tu madre! -gritó el hombre del Hyundai con absoluta y perversa ferocidad cuando Ana le abrió.

-En la peluquería -contestó Ana. Y temiendo que hiciera mal a su madre, añadió:- Y ni se te ocurra tocarle un pelo, papá, ni un pelo...

Pero su padre, enardecido por su propia indignación, no veía razonable y justo nada ni nadie que se opusiera a él en aquel momento y, al comprobar que su propia hija se rebelaba justo cuando más lástima sentía él de sí mismo, descargó el puño con toda su fuerza contra ella, que con la levedad de un trapo se desplomó. Antes de caer al suelo, su cabeza dio contra el mármol de una mesa que había en el descansillo. El golpe le provocó una conmoción y la dejó inconsciente.

El padre de Ana, al comprobar lo que le había hecho a su hija, llamó a una ambulancia y después, la cantidad grande de alcohol que había ingerido le hizo dormirse en el sillón del cuarto de estar. Ana quedó tendida en el descansillo. Un jabalí de bronce de colmilluda boca que hozaba a ras del suelo parecía temer por la vida de la niña con su corazón (¿por qué no?) de oro.

A las siete de la tarde del segundo día de hospital, la madre de Ana vio con infinito agrado cómo las señales del aparato electrónico que medía las constantes cerebrales mostraban sensibles síntomas de mejoría cuando ella acariciaba la mano de su hija. Todo el personal encargado de su cuidado se mostró alegre y manifestaba su seguridad en que pronto Ana saldría del coma.

Pasaron varios días hasta que Andrés decidió ir a visitar a su amiga. Vio cómo su postración física no había menguado en nada la belleza de la chica y sus lágrimas de dolor afloraron cuando se quedó sólo con ella. Se inclinó sobre su rostro y contra las órdenes médicas besó los labios de la niña. Fue entonces cuando Ana volvió a mejorar en sus constantes hasta el punto de mover un poco la cabeza pero al instante volvió al coma profundo. Andrés se agachó otra vez y susurró en su oído:

-Si mueres, tu madre correrá peligro y yo viviré sólo el resto de mi vida. Eres importante para tu madre y para mí. Hay gente amargada porque se siente menos que nadie ¿y tú te vas a morir cuando tienes cosas tan importantes que hacer?

Andrés se dirigió a la puerta de la habitación para marcharse pero al volverse para mirarla por última vez, la muchacha tenía los ojos abiertos y miraba a todas partes para intentar reconocer dónde estaba.

Su padre, meses después, cuando comprobó la aséptica indiferencia que mostraba su hija por su persona durante el juicio y viendo que había perdido también a su esposa, se sintió tan indigno y culpable que acabó de perder su estabilidad mental. Cuando salió de la cárcel, se quitó la vida.

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