7 de septiembre de 2011

Suspicacia


Como era su costumbre aprovechó su hora libre de la mañana para leer la prensa en la Biblioteca Municipal, que estaba justo al lado del colegio donde daba las clases. Estaba leyendo un artículo sobre la corrupción política cuando levantó la mirada y vio a un hombre que le miraba fijamente en el asiento de enfrente.

Como no llevaba libro o periódico o cualquier otro objeto con el que pudiera hacer algo en aquel lugar, comprendió que su propósito era hablar con él.

No -se dijo-, no seré yo el primero que rompa el silencio. Esa mirada suya perspicaz demuestra que sabe algunas cosas acerca de mí, sería estúpido por mi parte decir nada que ayude a aparentar que no estoy advertido de ello, pues su irónica sonrisa se ampliaría todavía más: sabe que sé que sabe. He suspendido al hijo de aquel encanto, sí, por eso ha venido. Debe ser su marido. Pero si cree que me va a hacer confesar que hay relación entre una cosa y otra, se equivoca. Ya podrías dejar esa sonrisita estúpida, imbécil. Que te hayas casado con mi amor del Instituto no te hace superior a mí. En cuanto a tu hijo... debería decírtelo a la cara: va a sudar sangre si quiere que lo apruebe. Ese crío se parece como una gota de agua a otra a aquel primo que tenía... Sí, Eduardo, ¡qué tío más bobo! Aquella vez que lo intenté por primera vez con ella me dijo que me fuera con viento fresco. ¿Pero es que era él el dueño de ella? Menos mal que aquella otra vez estaba entretenido con una colección de cómics que le trajo aquel día su amigo Abelardo. Ella, esta vez sí, me dio su primer beso. Veo que tu sonrisa se comienza a apagar; has adivinado lo que estoy pensando. Seguro que me sigue queriendo, seguro. Eres su marido, vives a su lado, sabes de lo que habla cuando se apaga la luz, pero su alma no la conoces. Acabará volviendo conmigo... ¿Otra vez esa sonrisa? Parece como si conociera todos los detalles de mi pensamiento. Sí, es cierto, lo he suspendido injustamente. ¿Algo más? ¿Por qué sigues sonriendo?

El Profesor se levanto de su asiento y gritó encolerizado a aquel hombre:

-¡Eso es mentira! ¡No la robé! ¡Los cogí pero se los pensaba devolver! ¡Ella no quería hacerlo sin preservativos y yo me había gastado el dinero en droga, imbécil!

Pero el hombre no contestó y una mujer que estaba de espaldas tras él se volvió de repente y le dijo:

-Venga, Quique, no molestes a este señor, que está leyendo el periódico. Sabes que tienes que ir sólo por donde yo vaya.

Quique entornó los ojos y emitió un llanto ruidoso e infantil. Ella sonrió al profesor con una expresión que quería decir: "¿Qué le vamos a hacer? Al menos tiene un gran corazón."

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