5 de septiembre de 2011

La República Glosemática

Durante los primeros siglos del tercer milenio después del Gran Computador, el planeta estaba repartido en dos grandes bloques de influencia. El primero pertenecía al mundo libre y el segundo a la autodenominada República Popular Glosemática, que negaba licitud y existencia a todo aquello de lo que no se podía hablar.

En la República Glosemática a cada persona se la denominaba con el número que tenía en el censo nacional. Eso era en teoría, porque en la práctica se usaban abreviaturas para llamarse entre sí coloquialmente: Dosi, Tresmi, Cuatroci, etc... Al hecho de unirse dos personas se le denominaba biunivocar porque unía dos elementos biunívocamente. Pero el amor estaba prohibido en esa república; en realidad, se consideraba que no existía. Ello era debido al hecho de que los sentimientos no pueden expresarse con palabras porque pertenecen al individuo y el lenguaje es incapaz de transcender objetivamente hablando lo colectivo y convencional. El Arte sin embargo estaba bien considerado y según figuraba en la Constitución del Estado, era una herramienta para entretener y adoctrinar a la masa social.

4.727.836.332 era uno de esos artistas. Cierto día estaba intentando pintar un cuadro que explicara de forma simple para que lo pudiera entender el pueblo por qué la chica que hacía de modelo era útil a la República y para qué le servía a ella serlo.

Su mente intentaba llegar a la solución de estos problemas pero tenía que luchar al mismo tiempo contra una serie de sensaciones antihigiénicas que le perturbaban y que eran causadas por aquella muchacha. Sabía de sobra lo que el Estado dictaba que había que hacer con las sensaciones antihigiénicas que surgían cuando un hombre y una mujer las experimentaban sin importar de quiénes se tratara o qué relación tuvieran: aparearse y después separarse para siempre.

Finalmente, Cuatromil, pese a que una extraña voz le intentaba disuadir de hacerlo, dejó su pincel sobre la mesa y con toda naturalidad se acercó a la muchacha para pedirle que se desnudara y le acompañara hasta su cama. Pero, cuando llegó a su lado, aquella voz interior volvió a importunarle. Al mirarla a los ojos, se había quedado mudo; algo había en la expresión de aquellos ojos, en sus pestañas, en su boca y en todas las partes de su armoniosa belleza que le inspiraba infinito afecto.

Cuatro mil quiso mostrar ternura , pero no sabía cómo hacerlo fuera de la que se recomendaba manifestar con los miembros de la autoridad, por eso le preguntó lo que más frecuentemente solían preguntar los domingueros a los guardias que vigilaban las calles:

-¿Cómo te llamas?

-Cinco mil seiscientos ochenta millones, trescientos veintitrés mil cuarenta.

-Un número muy bonito -dijo él.

Los ojos de Cinco mil se enturbiaron y Cuatro mil, temiendo haber despertado su odio, sintió una gran perturbación y dijo para resolver el problema en términos de transacción comercial:

-Un momento, te voy a dar doce millones de puntos para el cine, ya buscaré yo otros para mí aunque últimamente estoy demasiado ocupado para...

-Tenemos que aparearnos -interrumpió ella de pronto, triste y avergonzada por sus emociones antihigiénicas.

Sin saber lo que hacía, él comenzó a besarla. Al separarse, ambos dijeron la misma frase al mismo tiempo:

-¿Qué es ésto...?

-Te quiero, cinco mil -dijo él entonces-, he sentido que tus ojos observaban hasta lo más profundo y escondido de mi mente.

Algo le hizo intuir entonces a Cuatro mil que lo que le estaba pasando transgredía menos la Ley de la República si no se entregaban, ahora sí, a hacer el amor. Sin embargo, lo siguiente que hicieron fue eso...

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