19 de septiembre de 2011

El loco que hablaba claro


Ramiro Hierro se despertó un buen día tan nervioso que cada rincón de la casa recibía su visita cada dos minutos. Lo primero que le dijo a su esposa la dejó estupefacta:

-Encarna, que me he vuelto loco, mira a ver si puedes engrasar el eje de las ruedas delanteras.

Encarna dijo a su marido que se vistiera para salir a la calle y en cuestión de un cuarto de hora llegaron al Hospital. Los médicos dictaminaron que debía ir a la consulta de un psiquiatra. Al día siguiente acudieron a una.

Como comienzo de la consulta, el doctor preguntó a Ramiro Hierro su nombre:

-Bartolín -contestó él mientras su esposa suspiraba y bajaba la cabeza muy apenada.

-¿Hay algo que te preocupe, Bartolín? -preguntó el psiquiatra.

-El eje de las ruedas delanteras lo tengo mal engrasado. Si me lo hubieran arreglado, no tendría que ir de médico en médico ahora.

-Ramiro, o Bartolín, escúcheme: usted no tiene eje de ruedas delantero.

-Ya lo sé -contestó Bartolín- de lo que hablo es de mi coche.

-Aaaaah, ahora comprendo... Por favor, Bartolín, sal fuera a jugar un rato con las revistas...

Bartolín obedeció.

-Señora Encarnación -dijo entonces el doctor-, su marido tiene una gravísima y muy documentada enfermedad: está chalado, majareta. Pierda toda esperanza, acostúmbrese a ésta carga. Mi muy sentido pésame.

Encarna decidió pedir opinión a otro profesional con más prestigio. Cuando entraron en su consulta y vieron a un hombre circunspecto y vestido con uniforme de oficial francés del XIX y sentado de modo informal tras la mesa, Encarna preguntó:

-¿Dónde está el doctor, guapito?

-Señora, soy yo -contestó el disfrazado-, aunque me vea vestido de militar. Compréndalo, estamos en tiempo de guerra y... -el doctor asintió varias veces seguidas con la cabeza levantando los ojos hacia arriba indicando resignación- me he alistado en el ejército.

Encarnación decidió desde ese momento no prestar atención al diagnóstico que le hiciera a su marido semejante regadera, pero por buena educación esperó hasta el final.

-¿Y bien, mi querido amigo Bartolín -dijo el doctor en un momento determinado de la consulta- ¿Usted cree que todo el problema reside en que no ha engrasado el eje de las ruedas delanteras de su coche? ¿Así de sencillo?

-Pues sí -contestó Bartolín.

El psiquiatra bonapartista volvió su rostro a la esposa de Bartolín y mostrándose admirado por el comportamiento de ella, como si fuera de lo más ilógico, le dijo:

-Pero, señora mía, ¿y cómo no ha llevado antes el coche al taller?

Cuando conducía ella de vuelta de la consulta, bastante escamada con todos los psiquiatras del mundo, notó algunos trastornos en el funcionamiento del automóvil y entró en un taller. Los mecánicos comprobaron que el problema era que le faltaba aceite al eje delantero, a continuación lo engrasaron y le pidieron que pasara por caja.

-Según tú -dijo cuando salían del taller Encarna a Bartolín-, ya te deberías haber curado de tu locura porque el eje delantero ya está engrasado.

-¡Qué tonterías dices, Encarna! -dijo Bartolín.

-¿Tonterías, Bartolín?

-Mira te aseguro que no estoy loco y que me la repanfinfla el eje delantero o el trasero y te pido por favor que no me llames más Bartolín, joder, que mi nombre es Ramiro Hierro Alcocer y no quiero cambiarlo...

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