23 de septiembre de 2011

El Gafe Extraterrestre


Bitácora del nefilim Raniel Menjagüen.

8.46 de la mañana, 11 de septiembre de 2001, día de la era cristiana terrestre. Retorno a la nave nodriza.

Me encamino hacia la nave nodriza situada tras el planeta Neptuno. Finaliza mi misión en el sórdido planeta Tierra. Consistía ésta en hacer calas sobre el grado de racionalidad y equilibrio alcanzados por los seres creados genéticamente a nuestra imagen y semejanza hace 1 millón de años. Anotaré concisa y exhaustivamente lo que me ha sucedido aquí.

Al llegar a la estratosfera, sumergí en la invisibilidad mi vehículo. Estando ya a pocos centenares de metros del suelo, lo dirigí hacia dos altísimos edificios en forma de prisma que hay en una ciudad en la que junto a una bahía se levanta una figura de mujer gigantesca.

Aterricé en el tejado de uno de los edificios mencionados, plegué al máximo mi vehículo y lo dejé allí para acto seguido teletransportarme en primer lugar a la tierra en que los nefilim hicimos aparecer la civilización por primera vez y que acabó llamándose Mesopotamia para hacer allí la primera cala en el espíritu humano.

Llegué a aquella tierra, también llamada Irak, a las doce de la mañana del sábado 8 de septiembre de 2001, allí donde unos vehículos que atravesaban el cielo vertiginosa y ruidosamente lanzaron en mis proximidades unos artefactos que al caer al suelo estallaron y emitieron espantosas llamas.

Corrí en dirección a un monte cercano y me refugié en una cueva. Aproveché entonces para comerme dos bocadillos de proteínas sintéticas y entre la relajación tras el susto de las explosiones, la sensación agradable del estómago satisfecho y el cansancio tras el viaje espacial, me quedé traspuesto y sólo desperté al día siguiente.

A las ocho de la mañana, me metí en el embudo teletransportador y desemboqué en la tierra en que nació Jesús, el hijo de nuestro primordial. Nada más salir del embudo y aparecer junto a un camino, escuché los llantos de muchos niños a bordo de un vehículo a ruedas parado en el que habían sido asesinados una mujer y el que parecía tripular el cacharro. Intenté tranquilizar a aquellos niños hasta que llegaron unos adultos que se encargaron de ellos.

¿Cuál no sería mi asombro cuando vuelto al embudo teletransportador protónico desemboco en una ciudad de aquel mismo país, donde encontré en una ancha avenida nuevamente algunas personas muertas y muchas heridas, presas del pánico? Cuando terminé de atender en lo que pude a toda aquella gente, me metí de nuevo en el embudo protónico y fui teletransportado a otro lugar relativamente cercano donde observé los cadáveres recientes de veinte personas. Poco después el cielo se vio inundado de vehículos aéreos en dirección sur, creo que para seguir exterminando gente.

Cansado de tanto sobresalto, decidí volver a donde había dejado mi vehículo y reposar en su interior viendo durante un número indefinido de horas unas imágenes curiosas y animadas del mundo real que llegaban a través de ondas. Curiosamente, al menos durante el tiempo y en la sintonía en que yo las capté, no eran otra cosa que representaciones artísticas y ficticias del mundo real.

Aquellas imágenes representaban muertes violentas sin parar, eran el condimento esencial de ellas. Había dos cosas que no faltaron nunca a lo largo de todas aquellas horas que pasé embelesado estudiándolas: música delicuescente y muertes violentas. Serían las siete de la mañana del 11 de septiembre cuando, habiéndoseme acabado el agua, decidí salir a buscarla a un lugar de aprovisionamiento llamado Supermercado.

Me teletransporté a la entrada de uno de ellos y al instante fui empujado desde el exterior por un individuo con un arma que disparó contra la única persona que había allí aparte de mí. Abrió el cajón junto al que había estado de pie la persona asesinada, sacó tres papeles y unos metales circulares de muy mala calidad y sonriendo de oreja a oreja se marchó.

De esta acción he extraído la conclusión final, sin más calas, de que en la Tierra ahora matar y causar sufrimiento es un juego porque no me puedo imaginar porque no soy tan imbécil que aquellos círculos metálicos y aquellos tres trozos de papel valgan más o ni siquiera el equivalente de una vida humana. Como he pensado que para aquel cadáver también matar a sus semejantes habrá sido solaz y pasatiempo en vida, no he sentido pena por él, me he apropiado de un par de recipientes con agua para el viaje hasta la nave nodriza, me he teletransportado hasta mi vehículo y lo he preparado para la travesía interplanetaria.

Era pleno día cuando despegué. Alejándome ya rápidamente del tejado del edificio he visto acercándose desde la lejanía un vehículo aéreo de ellos a poca altura. Entonces en rápido acelerón hacia la estratosfera me he puesto a pensar que por la tecnología que demuestran sus aeronaves, no debemos temer la irrupción de estos canallas en otros planetas habitados pues, al ritmo que van, cuando sea la hora de que lo consigan por sí mismos, ya hará muchos siglos que habrán desaparecido todos.

2 comentarios:

  1. Aterrador, pero cierto. Enhorabuena por el relato.

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  2. Gracias por tu comentario, Sinjania.

    En realidad yo quisiera ser un poco más optimista que Raniel Menjagüen y a veces incluso me atrevo a serlo.

    Un saludo afectuoso :)

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