1 de agosto de 2011

Mendigos


Alberto se arropó y se volvió de lado para escuchar a su vecino de camastro, que permanecía sentado en la cama fumando una colilla de puro.

-A mí nunca me han gustado los albergues pero desde que tengo esta cicatriz vengo a dormir aquí porque me guardan el dinero en lugar seguro hasta que me vuelvo a marchar.

Alberto sabía de sobra cómo eran los robos entre mendigos, por eso no se apresuró a preguntar cómo fue aquello de la cicatriz y dejó que el vecino de camastro siguiera haciendo eses en el camino de su discurso, impulsado por su ebriedad.

-Mi novia me lo hizo, mi misma novia. ¡Sinvergüenza! ¡Era una vieja arrugada y todo huesos! "¡Cuánto te quiero, ay Manolo!", me decía. Y beso va y beso viene con esa boca suya sin más que dos dientes abajo, y venga a palparme y a meterme mano, la jodida p... Y yo tan contento porque me había sentido muy solo antes de conocerla, solo entre tantos pijos que te miran como si fueras un animal porque no eres de su calaña... Yo estaba orgulloso de tener a aquella vieja asquerosa de novia aunque hacerlo lo hacía muy mal, no valía ni para hacérmelo con su mano... Pues sí, cuando desperté con mi cabeza sangrando y no encontré los cinco euros que me sobraron de la cena supe que a fin de cuentas no era tan mala aquella hembra porque no había ignorado cuánto vale este hombre que te habla, la mucha calderilla que guardo siempre en el bolsillo.

Alberto creyó percibir patéticas muestras de orgullo burgués en estas últimas palabras de su vecino.


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