29 de agosto de 2011

Arturo


En memoria de Luis García Gamuz, mi padre,
en el segundo aniversario de su muerte.


La llegada de Alicia a la escuela era para Arturo, un niño de 10 años, su momento de felicidad diario. Por eso ahora aguardaba impaciente, espiando por la ventana a través del aguacero, su llegada, aunque, debido a aquella repentina lluvia, era muy incierta. En la escuela del pueblo los otros niños eran mayores que él y no le prestaban atención. Solo Alicia lo hacía desde aquel día en que al llegar le hizo su primer regalo.

Era curioso de hecho, pensaba él, que nunca antes lo hubiera tratado con cariño porque cuando se había acercado a ella le había demostrado, con todo tipo de pruebas que para ella era sólo un estorbo. Pero un día al verla llegar se le ocurrió regalarle una canica y ella, desde su altivez despectiva, pareció que le concedía cierto reconocimiento.

Los siguientes días repitió el gesto y, cuando no era una canica lo que le daba, era una goma de borrar, un lápiz, una bolsa de pipas... Ahora ella permitía que se sentara a su lado en el pupitre y que, pero sólo cuando le pedía permiso, utilizara su regla o su compás.

Pero aquel día era el segundo consecutivo que no tenía nada que regalar a Alicia. Al llegar, le miró con una expresión altanera y dijo en tono imperativo:

-¿Dónde está mi regalo? Me lo tienes que dar.

Arturo lanzó una mirada relámpago a todas partes y su mente se iluminó felizmente: "¡Le regalaría una flor del jardín de la escuela!"

Aún llovía reciamente, pero salió de la clase, donde se habían refugiado todos los niños a la espera de la llegada de la maestra, y comenzó a correr en dirección al jardín para coger una de las rosas. El suelo resbalaba por lo que perdió el equilibrio varias veces. Una de ellas con tan mala fortuna que fue a caer de espaldas sobre un gran charco lo que provocó las risas burlonas de los niños, que le estaban observando.


Pese a la desgracia de aquel accidente, continuó avanzando hasta el jardín. Pero al llegar hasta la rosa elegida, comprobó que el tallo no era fácil cortarlo sin herramienta alguna debido a su textura fibrosa que lo hacía flexible pero irrompible. En tanto continuaba con sus intentos vanos de quebrar el tallo, la lluvia no sólo había acabado de empapar su ropa sino que arreciaba. Además su mano le dolía y hasta sangraba un poco por los pinchazos de las espinas.

Por suerte, al final descubrió junto a él unas tijeras de podar que el jardinero había olvidado medio ocultas bajo un montoncito de malas hierbas arrancadas y con ellas cortó la rosa al fin.

Al volver a la clase con todas sus ropas llenas de barro y empapadas porque no se había traído a la escuela el impermeable ni el paraguas (había comenzado a llover esa mañana de repente cuando él ya había llegado al centro), estalló entre todos los niños, incluyendo a Alicia, un estruendo de carcajadas y burlas que le hizo sentirse ridículo e insignificante. Entonces se aproximó a Alicia y depositó la rosa en su pupitre. Alicia con el dorso de la mano la arrastró hacia el lado de Arturo y le dijo secamente:

-¡Ya no te ajunto!

-¿Por qué? -le preguntó Arturo.

Y su respuesta fue:

-Llevas dos días ya sin darme nada.

-Si te he traído esta rosa...

-Eso no me sirve para nada.

Con los años el episodio se convertiría en una anécdota que muy rara vez salía de sus labios, pero la huella que dejó en su carácter, obsesivo y exigente desde entonces, nunca desapareció. En cuanto a Alicia, adoctrinada en el ahorro y la avaricia por unos padres pequeñoburgueses, se acabó casando con un hombre trabajador pero con intereses y capacidades muy limitadas, con el que únicamente le mantenía unida el amor al dinero y su interés por conservarlo.

2 comentarios:

  1. La lluvia, la soledad, el ser elegido a cambio de…y esa rosa, como símbolo de la búsqueda, caballeresca, al menos Arturo se salvo de Alicia o no’.

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  2. Estoy de acuerdo contigo, Flama, Arturo tenía que haber sido más realista y darse cuenta de que aquella niña no le convenía, jejeje

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Gracias por su comentario