6 de julio de 2011

Monólogo de un agricultor solitario


Hoy tienes mucho trabajo, ánimo. Levántate de la mesa donde estás y empieza, pues hace ya media hora que has terminado de desayunar y sigues aquí con la boca abierta. Tienes que plantar patatas, recolectar las alcachofas, regar los naranjos, coger las habas y todo eso hoy y no hay un minuto que perder porque es invierno y los días son cortos. Se me olvidaba que también tienes que limpiar de hierba los ajos, labrar una parcela, ir a la lonja a vender unas cebollas y comprar una azada nueva que la vieja se ha desgastado de tanto usarla. Sabes que mañana no puedes hacer todo esto porque es día festivo y tienes que cargar a hombros el santo durante la procesión. Y, si hoy tienes tanto trabajo, es porque lo dejas siempre todo para el último día. Estás sólo, nadie te puede ayudar, luego si no empiezas pronto, te faltará tiempo.

Sé que ya no tienes fuerza porque eres viejo pero, precisamente por eso, tienes que procurar que el trabajo no se acumule en un solo día porque acabas tan agotado al final de la jornada que casi no puedes respirar y vas camino de casa parando cada cinco minutos para descansar.

Lo de ayer no lo hago todos los días. No sé que mosca le picaba al buey que estaba algo remolón y tuve que tirar yo del arado. Quizá por eso hoy parece que no me responden las piernas. O quizá sea por lo de anteayer, cuando arranqué un naranjo de cuatro años a fuerza de tirar del tronco. Pero creo que lo que más me ha agotado es lo del mes pasado, cuando tiré de un camión de patatas seis kilómetros hasta el almacén de Perico porque se había quedado sin gasolina. No, estás viejo para estos trotes.

¡Venga arriba, que el tiempo es oro!... Todavía no me vienen las ganas. Si no te levantas pronto, vas a orinarte encima y vas a desaprovechar un buen abono. Es por el pis que le echo a los tomates por lo que se hacen gigantes... También los pepinos son como troncos de encina y las calabazas como la fuente del pueblo por lo mismo...

Pero me parece que hoy es imposible, estoy como pegado a la silla. Cuando me levanto, algo me empuja hacia abajo y vuelvo a caer sentado, mientras noto cómo los muros de la casa se estremecen... ¡Vaya, si me parece que he metido otra vez el cinturón del pantalón por la anilla de hierro de atar al buey...!

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