8 de julio de 2011

Jaime


Cuando era niño, me enseñaron que el sexo era pecado y el martirio causa de santidad pero al hacerme más mayor pensé que las chicas eran ángeles y no podía haber nada malo en volar con ellas. Quise tener novia ya en el Instituto y me enamoré de una chica guapa y delgada pero su madre trabajaba en el circo haciendo equilibrios con una pelota en la nariz y temí acabar de payaso.


Cuando estudiaba Filología, que es la ciencia que enseña a hablar, me enamoré de una actriz muy atractiva que actuó en el teatro universitario pero cuando fui a su camerino no supe qué decirle y nunca más volví a saber de ella. Quise casarme antes de los cuarenta pero de las cuarenta con las que lo intenté sólo con una llegué a algo serio y eso serio fue que me denunció a la policía.

Para conseguir pareja estable más rápido, me compré un ordenador pero tardé dos años en aprender a manejarlo. Me casé vía internet con una bailarina y ella me mandó las arras en un paquete postal certificado pero luego me enteré de que lo que yo había hecho en realidad era venderle el negocio de mi vida a un ruso por un poco de calderilla.


Me quedé en la ruina, con el dinero justo para buscar pareja en una web gratuita. Había muchas chicas de 28 años atractivas, delgadas y sensuales dispuestas a casarse con hombres de más de 46 años, feos, tristes y sin recursos económicos pero estaban todas reservadas para la cuenta premium.

Tras siete años dedicando todo mi tiempo libre a estar detrás de mi pc en un cuarto sin ventanas la media hora que apagué el ordenador y me fui a la junta de vecinos tuve un rollete con la atractiva y estupenda vecina del 4º. Ahora por fin tengo a mi media naranja pero me ha salido mandarina y no me deja ni a sol ni a sombra. Es dueña de una parcelita de tierra y me levanta cuando aún es de noche para que riegue su huerto y engorde sus limones.


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