21 de septiembre de 2011

El Banquete


Bartolomé, cura párroco de Valvinagre, fue invitado a un banquete de Primera Comunión por uno de los habitantes del pueblo, gran propietario de tierras, casi todas ellas dedicadas a los cítricos. Este hombre, llamado Gonzalo Fabes, quería que su hijo mayor, de 17 años, tuviera un puesto, asegurado de por vida a ser posible, en el Ayuntamiento del pueblo y cuidaba hasta el más mínimo detalle para tener contento al padre Bartolomé, que era tío del alcalde electo.

Cuando Gonzalo Fabes vio al Padre Bartolomé acomodado ya en su asiento, se dirigió al propietario del restaurante y, señalándole al Padre con disimulo para no ser advertido por nadie, le encomendó muy encarecidamente que no le faltara de nada, que todos los platos le llegaran a tiempo y que para empezar comenzasen ya a colocar delante de él los manjares asiáticos que le había encargado con un año de antelación para que hubiera con qué regalar el paladar del Padre especialmente educado en su época de misionero.

El Padre Bartolomé, que conocía aquellas exquisiteces gastronómicas que le llevaban, no salía de su asombro pero por no tener el gesto maleducado de comenzar a comer sin que se hubiesen acomodado todos los demás invitados, tuvo que reprimir sus apremiantes deseos de devorarlas.

Entonces llegó Pascual Martínez, primo de Gonzalo Fabes, con su esposa y sus 9 hijos.

-Venga, nenes, todos juntos, uno a continuación del otro -ordenó su esposa a sus hijos.

Una vez sentados todos ellos en asientos contiguos menos uno de los mayores, que ya tenía bozo, como el lugar en el que tenía que sentarse estaba ocupado por el Padre Bartolomé, que se moría de ganas de agarrar aquella gordita tarántula camboyana, el adolescente, que era ingenuo y de poco mundo, le dijo:

-Padre Bartolomé, ¿me hace el favor de correrse a la silla de al lado para que yo pueda estar junto a mis hermanos?

Al sacerdote se le puso el paleoencéfalo en estado de ebullición al comprobar la mala educación de aquel niñato al que se veía obligado a obedecer, perdiendo así la posibilidad de siquiera probar aquellas exquisiteces. Se levantó entonces y dio unas palmadas en la cara al muchacho mientras le decía un poco entre dientes:

-Claro que sí niño, claro, claro.

El muchacho se llevo su mano a la mejilla, abofeteada más que acariciada, por el dolor que le había dejado, se sentó en la mesa y, cogiendo la tarántula, que creía que era de pega, se la lanzó a uno de sus hermanos y acabó en el suelo pisada por un invitado que casi resbala por ello. A continuación tomó un huevo que había en un plato con unos caracteres chinos y al intentar abrirlo para comérselo con un espolvoreo de sal porque creía que era un huevo pasado por agua se derramó su maloliente contenido porque era un huevo podrido, manjar de prestigio en China.

-¡Qué asco! -dijo el adolescente a sus hermanos-. ¡Un huevo podrido! ¡Qué mal olor! Ven, ven, Marcelo, pasa la lengua por el mantel y verás qué rico.

-¡Uagg! -balbuceó Marcelo-. Prefiero comerme un lapo caído en el inodoro...

El Padre Bartolomé estaba rojo del sufrimiento que le causaban las acciones y palabras de aquellos niñatos.

Luego el niño cogió una hoja de lechuga de un plato y debajo encontró varios gusanos vivos, delicioso manjar en Asia, pero que al niño le produjeron arcadas y tuvo que correr hacia el escusado.

Su hermano Marcelo quiso probar por último la chuleta que había junto al plato de gusanos.

-¡Uaggs! Esto echa gusto a perros muertos -dijo y lo pasó al hermano que tenía al lado pero como éste tampoco lo quería, de mano en mano, acabó en las de su padre, Pascual Martínez, que, no atento a qué tipo extraño de carne era, lo embuchó con velocidad.

Toda esta escena fue observada por Gonzalo Fabes, que hervía de indignación viendo a su primo, el criador de cerdos, al que consideraba tonto de capirote comiéndose tan a gusto el perro al horno o, desde otro punto de vista, el futuro de su hijo, como si fuera pollo asado. Pero por desgracia aquel era un festín de buena voluntad y no podía quitarle a uno para dárselo a otro por que sería de mala educación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por su comentario