6 de junio de 2011

Pacto con un Asesino

Fortunato Malhadado, el Antropólogo de palabra fácil de Parma, caminaba una noche de la Universidad a su casa cuando le abordó un individuo, que salió de un callejón, mostrándole una pistola

-Voy a matarte -dijo con voz meliflua y una sonrisa afectuosa-. Me gusta mucho matar gente: así dejáis de sufrir, angelitos...

Lejos de apocarse y callar temeroso, el profesor Malhadado, hinchó su pecho, apuntó al rostro del desconocido con la barbilla y dijo estas palabras:

-Detenga su mano, no dispare todavía, déjeme decirle antes unas palabras pues veo que elige una víctima equivocada, llevado por la precipitación. Estoy solo en el mundo, por lo que mi asesinato poco dolor va a causar, mientras que el tono compasivo de su voz no me impide sospechar que es usted un sádico de la peor especie.

"Me dice que le gusta mucho matar, que es por gusto y pasatiempo que me quita la vida. Para evitarlo, mi única arma en este duelo es la palabra. Por eso voy a hablarle, confiado en que le persuadiré a que también usted me defienda.

"No me apunte con su pistola, apunte a su sien pues como enemigo de la Humanidad que es, lo es de sí mismo pues un ser humano es. Me dirá que el suicidio es un error doble pues además de desagradable es inmoral. Pero yo le digo que si dispara contra usted, actuará como buen cristiano pues defiende a un inocente de la mano de un asesino, y no le desagradará, puesto que su inclinación es a matar.

"Diré al mundo que fue un héroe porque dio su vida por la mía. Diré que era amigo de sus amigos, pues serlo de sus enemigos es un contrasentido; buen marido, padre e hijo, pues matándose evitó seguir incordiándoles; y persona de sanas costumbres, pues que esté muerto será una costumbre sana no para usted pero sí para los demás.

"Pero no me precio de ser tan buen orador que pretenda poder disuadirle de aquello que más desea la voluntad, que es vivir. Ni siquiera soy quién, líbreme Dios, para decirle que se prive de un placer como es el de matarme. Por eso sólo le pediré un último deseo: que no me mate con su pistola, sino con su blanda lengua, poco a poco, hablando mal de mí en el barrio, yendo a calumniarme a las televisiones, poniéndome mal en los periódicos".

El desconocido, en ese momento de la perorata, bajó el arma, la guardó en su bolsillo y tendió la mano al profesor, quien, emocionado, exclamó:

-¡He aquí el sublime poder de la palabra!

2 comentarios:

  1. sin palabras, me he quedado como el "supuesto" asesino.

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  2. quizá sea esa la explicación, muchas gracias, amiga.

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Gracias por su comentario