27 de junio de 2011

Las naves espaciales que bailan el Danubio Azul

Entre la más pura fenomenología de lo concreto real, que evoluciona y cambia constantemente haciendo imposible la permanencia de los seres que viven, y la inteligencia humana, que mata la vida al pensarla siempre desde lo que no cambia y fluye, se sitúan el amor, suerte de sincronización emocional de dos seres humanos con un mismo punto de referencia desde el que quien ama siente que el ser amado y él mismo permanecen inmutables a lo largo del tiempo pero vivos amándose mientras que el resto del mundo fluye y perece, y el arte, que es la representación del anhelo de vivir eternamente un instante de felicidad plena y activa representado en el sentimiento del amor en sus mil caras. El vídeo siguiente es la demostración de que la geometría, la música clasicista o la regularidad en general, aun siendo obras de la razón y la inteligencia, pueden sentirse como vivas, pueden evocar lo concreto, como obras de arte, pueden en fin representar algo tan personal y envuelto en el misterio del inconsciente como la vida amorosa de un espectador que está sentado en una butaca, cuando adoptan el papel de lo añorado, de la inmortalidad deseada en un Cosmos que la inteligencia piensa como inmutable y del que forma parte el hombre, al que la inteligencia piensa como concepto carente de vida pero esta vez además se le aparece al hombre de la butaca como un acontecimiento que culmina en el futuro, en un futuro infinito y por tanto siempre vivo.



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