19 de junio de 2011

Elecciones en España

Hace poco se han celebrado las elecciones locales. Es la era de Internet. Ahora este espacio lo comparten igual quienes hacen campaña electoral que quienes protestan contra una falta de decencia democrática de los políticos españoles, pero en Andalucía todavía hay un pueblo sin ningún ordenador. De allí me ha llegado una joya de la oratoria política, el discurso pronunciado por el candidato del PP a la alcaldía. El nombre del pueblo lo omito por diversos motivos.

El candidato, tras entrar en la plaza de toros local, donde un no excesivamente populoso aforo le aguardaba, subió a la tarima, saludó y comenzó así:

-Queridos paisanos, me precio de haber escrito dos libros de más de 50 páginas sobre temas políticos, pero no soy yo quien ha de juzgar acerca de mi inteligencia, sino vosotros, que habéis presenciado los cuatro años de mi mandato en este pueblo de largo acerdo cultural y probado cosmopaletismo. Durante esos cuatro años, el pueblo en el que he sido alcalde no se ha ido a pique. Durante esos cuatro años, ¡con que prestancia he hecho de alcalde! Como cuando abría el consejo municipal diciendo: "Se abre la sesión de hoy, etc..." o como cuando salía al balcón en las fiestas patronales con mi traje de gala y la banda cruzada al pecho y decía: "Quedan inauguradas las fiestas de este año".

Caramba, quién me ha visto y quién me ve. ¿Alcalde yo que ayer, como quien dice, despertaba las risas de la gente por mi forma de caminar, yo que digo semóforo cuando quiero decir... semóforo? Pues yo he sido el último alcalde. Y yo me pregunto por qué soy alcalde. Y la respuesta es mi genio, que de vez en cuando se abre paso al exterior.

Eso ocurrió cuando descalabré con una pedrada a Miguel el camionero porque aparcaba siempre mal, cuando pegué un grito en medio de un concierto de la banda municipal para que callara la gente, cuando me enredé a puñetazos con unos tíos que me querían robar el reloj o como cuando tomé un berrinche por aquel asunto de los papeles. Tengo genio, tanto como un león rabioso.

Aún así cuando me irrito, lo hago por un motivo de peso. Menos aquella vez que volqué la mesa de mi despacho de una patada y luego dije:

-Tranquilos todos, la he volcado por puro capricho, nada más.

Y como lo hago por un motivo justo y razonable, eso es lo que me distingue de los de la oposición, que están siempre malhumorados por cuestiones de poca monta y se escandalizan como gallinas en un corral al más mínimo movimiento.

No soy un loco, podría, si hubiera tenido estudios, dominar 500 idiomas o describir la cultura extraterrestre con sólo analizar un grano de arena de su planeta lavado con jabón y estropajo o mover el mundo con una mano, si encontrara un punto de apoyo.

Pero dejo eso para mentes ociosas y en su lugar sólo pido ser alcalde de este pueblo. Y os preguntaréis vosotros:

-¿Para qué quiere éste ser alcalde, para mandar o para mangar?

Y lo que puedo responder es que ni para lo uno ni para lo otro sino para mandar sobre mí y remangarme para trabajar cumpliendo mi deber de ciudadano sin mirar en mi felicidad o beneficio sino en los de la comunidad.

Hay quién dirá que no tengo dos dedos de frente, pero no me pueden tomar el pelo porque ya se me ha caído. Soy el cabeza de lista y por tanto una ocasión, una ocasión para el bienestar de mi pueblo, no la dejéis pasar pues no tendréis luego de dónde asirla: así de calva es.

Pero si aún os cabe duda de que quiero y puedo beneficiar como alcalde a este lugar, no me votéis, votadme, por el contrario si os convencen mis palobras. Y no he tenido un lapsus al decir palobras pues lo que debe hablar por mí son cada una de mis obras, cada una de las cuales es una palabra que unida a las otras dice lo que merezco o no.

Pero, ¿sabéis una cosa? Yo voy a votar por mí y voy a hacerlo porque me he observado minuciosamente los cuatro años anteriores, no me he perdido un detalle, no ignoro los beneficios que he traído al pueblo, las decisiones que he tomado ni las que he evitado tomar y he llegado a la conclusión de que sí, que me voy a votar.

Y puesto que hasta aquí vengo alabándome, continuaré un trecho elogiándoos a vosotros. Y no diré para ello que tenéis amor al trabajo, porque, si eso fuera así, no tendría mérito que trabajarais tanto. Tampoco diré que sois buena gente porque como lo bueno siempre queda relegado por algo mejor, el elogio se queda en nada. Tampoco me referiré a vuestra habilidad pues la tienen los monos. Tampoco hablaré de vuestra inteligencia pues hacerlo es más un elogio a mí que la puedo juzgar que no a vosotros. No, el mayor elogio que puedo decir de vosotros es que no tenéis virtud alguna, que sois zoquetes, débiles, perezosos, sucios, viciosos, envidiosos, porque adolecer de una naturaleza tan pésima engrandece el esfuerzo que os ha permitido aparentar ser mejores. Quede esto dicho en lo que respecta a los hombres porque, en cuanto a las damas, tengo que decir que ni una tacha he podido ver en ellas.

Llegamos ahora al capítulo de mis ideas políticas y, hablando ya de ellas, os diré que me podéis votar tranquilamente quienes seáis católicos y quienes ateos, quienes empresarios y quienes obreros, quienes progresistas y quienes conservadores, no así los que sois menores de edad o no estéis empadronados aquí.

No soy de los que se avergüenzan de sus ideas y no hablan de ellas claramente pues cada vez que se me ocurre una, me pongo muy contento y se la cuento a los vecinos. Soy en fin un político comprometido y además no falta mucho para la boda.

Poco me queda que decir ya excepto justificar las palabras en sí. Dicen los de la oposición que en mis discursos soy escapista, que los adorno pero sin imprimirles contenido social alguno, que mi único propósito es hacerlos placenteros para el público e inspirarle adoración hacia mí. Pero no tengo yo la culpa sino el que me los escribe, un conocido poeta de esta tierra.

Y como veo que ya se empiezan a abrir las bocas, no me demoro yo en cerrar la mía y dar paso a la verbena para que bailen y se regocijen las parejas. Maestro, adelante.

La música comenzó a sonar, el candidato bajó de la tarima y tras abandonar el lugar, se fue a su casa a dormir a pierna suelta.

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