6 de mayo de 2011

El Asesino de un Mosquito


Se interrumpió un momento para aplastar un mosquito contra la mesa con la revista que llevaba en la mano.

-¿Ves este insecto? -dijo al volver a hablar. Pues así debería estar la Poesía: muerta. Dejemos que los poetas sean los ordenadores y que las fábricas creen poemas en serie. Hay que liberar al hombre de su propiedad privada espiritual.

-No estoy de acuerdo contigo -dijo el amigo mientras se levantaba y se dirigía a la salida- y creo que lo dices por envidia y revancha porque he ganado ese certamen poético.

-Eres muy buen poeta, eso no te lo niego, pero debemos matar la Poesía si queremos la utopía.
Su amigo ya se había despedido cuando, al inclinarse sobre la mesa para apurar su vaso de cerveza, comprobó que el mosquito yacía, como antes, despanzurrado, pero ahora tenía tras él un rastro de sangre trazado sobre el papel contra el que fue aplastado, como si hubiera reptado moribundo.

Era imposible que la responsabilidad de aquello no la tuviera la malicia del amigo que acababa de marcharse, aunque estaba seguro de haberle tenido a la vista en todo momento, pues ese rastro de sangre parecía... no, realmente era una palabra, como si el mosquito hubiera querido dejar un mensaje a su ejecutor. El rastro decía sin duda :

ASESINO.

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