1 de mayo de 2011

La Manifestación de Puercos


Soy de esas personas que adondequiera que vayan son ignoradas por todo el mundo. Si fuera a un restaurante sé que me atenderían el último y, si tardara demasiado en dejar la mesa libre, el camarero me pegaría codazos al pasar, aparentemente involuntarios. Como sólo hay uno como yo cada 50 kilómetros cuadrados, no nos podemos sindicar y, si nos sindicáramos, los mejores de entre nosotros tendrían que sindicarse contra los demás y así hasta el infinito. Sin embargo, la unión hace la fuerza y no dejo de ver algo grandioso en la imagen del hombre rompiendo sus diferencias y uniendo sus manos para alcanzar lo que siempre nos había parecido imposible.

Ayer, metida mi mente, como si dijéramos, en el planeta subliminal de los sueños, pensaba que era el día de San Martín y que los cerdos celebraban una manifestación. La jornada fue muy animada, con cánticos y eslóganes, además de chanzas y burlas contra los humanos, maliciosamente celebradas por los gorrinos. La piara fue desplazándose hasta la puerta del matadero, donde se colocaron imágenes, recreadas por artistas del pincel, de jamones humanos y de bebés a la segoviana. Se bailó samba y pasodobles y finalmente el presidente del sindicato de los cerdos tomó la palabra:

-Las golondrinas cantan alegremente entre los humanos, son felices porque no les pertenecen. A nosotros en cambio, además de que nos tienen presos en una pocilga, de que nos hacen vivir entre nuestras propias inmundicias como si a nosotros no nos gustara como a ellos darnos un baño de vez en cuando, de que nos engordan hasta hacernos tan pesados que no podemos casi caminar, de que no moriremos de muerte natural sino sacrificados cuando ya estemos bien cebados, además de que no hemos sido nosotros los que hemos elegido pertenecerles, se han atrevido a convertirnos en emblema de la mala educación. ¿Podéis comprenderlo? ¿Alcanzáis a explicároslo?

"La golondrina hace bien rechazando la protección del hombre. Sólo quiere de él la casa que él ha construido pero no vive en ella sino en la casa que se construye ella misma. Nosotros, sin embargo no vivimos en nuestra casa, ni siquiera vivimos con nuestra vida, porque, desde que nacemos, es suya.

"El destino se ceba con nosotros. Muy sabrosos le debemos de ser. Tan aciago es con nosotros, que lo único que nos alegra algo, que es comer, lo mismo nos mantiene vivos que acorta nuestra existencia, pues ésta dura mientras estamos engordando. Así que, mientras la felicidad de las golondrinas es desbordante, nosotros padecemos depresión y angustia.

"Además, crueles hasta en el placer, nos tienen de blanco de toda suerte de burlas y, antes de ser comida de las personas, somos su comidilla, antes de hacernos jamón, nos roen los zancajos. Que si del cerdo hasta los andares, que si no hay que echar margaritas a los cerdos... ¿y por qué sí cerdos a los humanos?

"¡Afortunada tú, golondrina, porque no te come la desesperación ni toda tu fortuna son tus miserias!

"Pero ya, ya voy perdiendo pie, y aún la pata entera, porque mi lengua no está adobada pero, yendo a la entraña e hincando el diente en ella, digo que llegará un día en que heredaremos la tierra y nuestros hijos nacerán libres y no habrá un día de San Martín en nuestro calendario de penas..."

Después del discurso, se disolvió pacíficamente la manifestación. Quien mejor se lo había pasado era un cerdo cuyo nombre recordaba al despertar que era Antón MorcillaDe carácter tímido, en medio de la manifestación, de pronto dejó de sentirse inferior en dignidad, poder e inteligencia al matarife y su miedo a él se esfumó. Cuando ya no quedaba nadie frente al matadero, él seguía allí, gritando eslóganes y tirando piedras. Entonces las imágenes desaparecieron y mi mente se sintió como en un remolino, girando durante unos segundos en el vacío hasta que, de pronto, mis sentidos se aclararon y me encontré en mi cama.

Pero antes de llegar a ello, estuve un sí es no es en una duermevela en que seguía creyendo en la realidad de aquellas imágenes y, acordándome del jamón, consideré preciso que no hubiera justicia para el cerdo en la tierra jamás por los siglos de los siglos. Así, al acabar de despertar, el recuerdo de semejante muestra de glotonería no pudo menos que despertarme el apetito.

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