10 de mayo de 2011

El Poemario Espurio

INTRODUCCIÓN EN VERSO


Es de poca libertad,
la cultura de la tele
porque quiere que me cuele
que sirve a la sociedad
y lo que ocurre es que huele
a basura y mezquindad.

Mira, lector, que no puedo,
con tanta cursilería,
como sacan cada día.
¿Creerán que me chupo el dedo,
que da a mi alma armonía
escuchar pedo tras pedo?

Aburrirte yo no quiero
pero lo controvertido
es mucho más divertido
que lo kitch y papillero.
Démosle al autor manido
sopaboba en un caldero.

El Autor



El año 184 después del Gran Computador, el estado de Redondia impuso a los habitantes del país el deber de emocionarse con los poemas de Claudio Puñeta. Al menos, quien quisiera acceder a estudios superiores tenía que someterse a una exploración cerebral mientras leía el poemario de Puñeta. Si el libro no hacía que sus neuronas chisporrotearan de tiernos sentimientos, no podía ir a la Universidad.

El jefe del Estado que adoptó esta medida, el mismo Claudio Puñeta, pensaba que no había dictado una ley más justa que ésta en su vida. Si hubiera obligado a sus súbditos a levantarle una pirámide a fuerza de músculos y sufriendo los latigazos de los fornidos capataces, como hacían en el antiguo Egipto, hubiera considerado justo cualquier tipo de quejas, pero negarse a algo tan placentero y leve como sentir emoción por sus poemas, que sabía de buena tinta que eran excelentes, era un imperdonable signo de rebelión y, además, de incultura que debía recibir un castigo.

Con todo, pronto tuvo que retractarse de haber impuesto esta ley porque amenazaba gravemente con vaciar las universidades y llevar al país a la Edad Media: desde que estaba en vigor, ningún nuevo estudiante había conseguido pisar el campus: aquel poemario que debía deleitar y causar un arrobo emocional en los aspirantes era lo más parecido a una colección de poemas científicamente malos.


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