9 de mayo de 2011

Dos Días de Soledad

Tras el descubrimiento del amorómetro, y al demostrar este artilugio que las cifras que alcanzaba el individuo medio al conectarse con personas de las que no esperaba dinero, comida, sexo, trabajo o protección eran sospechosamente bajas, se llegó a la conclusión de que el Homo Sapiens era un hábil e inteligente hipócrita que carecía de instinto de protección de especie y cuya única guía era el egoísmo.

El Gran Computador, alegre ante la perspectiva de un enorme ahorro de energía afectiva, anunció al mundo entero en una ronda de 24 horas y dirigiéndose personalmente a los habitantes de cada hogar que ya no necesitaban asociar las ideas de alegría, belleza, satisfacción, esperanza o confianza familiar a las representaciones interiores de los seres que saciaban sus necesidades egótico-biológicas, pues él se encargaba de que a nadie le faltara jamás nada y que, en lo que al resto del mundo se refería, y siempre que se evitaran los actos de violencia, podían escupir hacia sus pies, darles un corte de mangas con pedorreta y hacer el signo de quitarse el polvo de las manos después de una faena redonda o, en otras palabras, podían expulsarlos de sus vidas porque ninguno de ellos le iba a hacer falta.

-¡Nin-gu-no! -repitió el Gran Computador para que no quedaran dudas.

La comunidad mundial, ensayando ya la desunión y la discordia, mostraba una última unanimidad, en su entusiasmo por este anuncio. Los Ideólogos sigloveintistas, que encontraron ecos, en el anuncio, de su amado y remoto siglo, elogiaron al Gran Computador. Todo el mundo estaba convencido de que sin duda iba a comenzar una nueva era humana si no lo impedía nadie de forma urgente.

Fue entonces, cuando en las instalaciones de la terminal del Gran Computador entró un niño de 6 años con un perro en brazos. El Computador dijo:

-Ladronzuelo de tiempo, diminuto pero inaguantable hombre, ¿qué familiaridades son esas de entrar aquí sin ser llamado y trayendo además un animal?

El niño dijo:

-Le traigo este bicho por si alguno lo necesita.

-¿No quieres comértelo tú?

-No era para comérmelo sino para tenerlo, pero ahora que no puedo tener amigos, no necesito nada.

-¿Cómo es eso posible, loco? ¿Ya no quieres las cosas que te daba la gente que querías?

-No quería a la gente para que me dieran cosas. Quería cosas para que me las pudiera dar la gente.

El Gran Computador necesitó refrigeración intensiva durante un cuarto de hora y al día siguiente mandó fundir o echar a la basura todos los amorómetros, que no habían resultado más que chatarra inservible.

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