27 de mayo de 2011

De vuelta del Espacio

Cuando Peter Alone estaba ya próximo al planeta Tierra, redujo la velocidad real a 3 nanogigas troteras mientras que la mental, en medio de su frenesí, se le debió aumentar como mínimo a 4000 o 5000 microvoltios. Después de 15 años visitando estrellas, estériles unas, rodeadas de infinidad de planetas otras, contemplando atardeceres irisados, verdes, lechosos o marrones en planetas paradisíacos o de pesadilla, alcanzando el milagro del contacto amistoso con especies con las que apenas teníamos más puntos en común que la movilidad y el ser visibles, al fin volvía con sus semejantes. ¿Semejantes? ¿Qué le unía ya a ellos?

Todo, pensó. El deseo de retornar apenas es un dato útil que necesitas recordar al partir, lo mismo que la técnica para regenerar la piel de un robot, pero poco a poco se va transformando en un fantasma de la conciencia que no te deja vivir en paz. Regresar llega a ser una necesidad, una ambición instintiva tan apasionada que no sabes cómo reprimirla para no volverte loco. Es, pensó, más fuerte que el instinto de supervivencia y tan imperativo como el hambre. Dejarías de respirar sólo por ver otra vez tu mundo a la luz de la estrella que alumbró tu primer día.

Entró en la atmósfera derramando lágrimas de felicidad. Se imaginaba a la muchedumbre rodeando la nave para darle la bienvenida y llevándole en volandas hasta el presidente de la nación, que consideraría gestos necesarios darle un abrazo fraterno y transmitirle el agradecimiento de su país y de la Humanidad entera.

Pero cuando logró hacer que la astronave se posara en la estación con la elegancia de un cisne, no sólo estaba vacía la pista hasta donde podía alcanzar su vista sino que además se le obligó a trasladar su aparato hasta detrás de la torre de control porque estaba a punto de llegar un delegado del comité organizador de la liga de fútbol que iba a hacer una gestión de rutina y le estaba reservada la pista principal mientras que las normas dictaban ahora que las naves interestelares aterrizaran donde no tuvieran que hacerlo las demás.

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