16 de mayo de 2011

Arte Robótico


Lo único que todavía no comprendía bien el Gran Computador, custodio infatigable del género humano, era en qué consistía realmente el Arte.

Es cierto que conocía cualquier manual de Estética que se hubiera escrito y entendía que pudiera tener interés una práctica que era desinteresada o finalidad lo que no obedecía a ningún fin, pero los poemas que había escrito, la música que había compuesto o los cuadros que había pintado habían tropezado con la indiferencia del público.

Un día rogó al pintor de mayor prestigio del mundo que le diera su opinión sobre su colección de cuadros robóticos Primavera T-500, con la que no había obtenido éxito alguno.

El pintor contestó que el estilo de la colección le parecía impecable, la emoción que irradiaba la forma, alucinadora, el tema, sublime...

-¿Entonces -preguntó el Gran Computador- qué es lo que tienen de malo?

-Que les falta personalidad -contestó el artista.

-¿Y en qué lo nota? -preguntó el Gran Computador.

-En que son copias literales de cuadros míos -contestó el artista.

-Dígame -dijo el Gran Computador-, ¿los originales cómo andan de personalidad?

-La opinión general es que son arrebatadoramente personales -contestó el pintor.

-Pues no entiendo nada -dijo el Gran Computador.

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