22 de mayo de 2011

Antes de Al Capone


Empleando toda suerte de astucias y desmanes, Frank Melone se adueñó del hampa de Chicago en los años 20 un mes antes de que Al Capone le hiciera huir a Australia con apenas su ropa. Contento por su triunfo, Melone reunió a todos sus subordinados en un sótano y les dijo:

-Honorables secuaces, la grandeza de este momento se debe al carácter democrático y libre de lo que me ha encumbrado hasta aquí. Democrático porque, cuando asesinaba a mis rivales, no miraba a si eran de izquierdas o de derechas, negros o blancos, pobres o ricos. Y libre porque el miedo que inspiro lo es.

Soy por naturaleza generoso, sobre todo con lo que no es mío, por eso daré a unos más que a otros, pues si reparto a partes iguales, a ninguno daré con generosidad. Y con quien más generoso pienso ser es conmigo mismo pues damos más a quien más apreciamos.

Si yo fuera el Presidente, tres serían los apartados de mi mandato en los que sería el mayor desastre de la Historia: Justicia, Economía e Interior. Pues quiero que seáis lo más injustos posible sin que os ajusticien, que arruinéis las economías ajenas con buenos réditos para las nuestras y que los ciudadanos carezcan de seguridad para que la tengamos nosotros. En cambio sería reconocido como un gran benefactor en un apartado: Cultura. Pues querría escuchar música, la del dinero, leer libros, los de cuentas, pintar, pero billetes falsos, enseñar, pero la pistola, extasiar, pero golpeando fuerte.

Mi antecesor, descanse en paz, decía que había que robar al rico para dar al pobre, pero como era pobre, todo lo que robaba se lo quedaba para él, y cuando así se convirtió en uno de los hombres más ricos de la ciudad, se robó a sí mismo, pero sólo para cobrar el seguro. A mí en cambio, mi talante democrático impide que discrimine entre unos y otros: robaré lo mismo a ricos que a pobres porque su dinero no es diferente y repartiré lo mismo entre pobres que entre ricos, pero puñaladas, mamporros y plomo.

Quisiera que mi mandato se recordara como el de una edad dorada de la criminalidad, que la Historia me tuviera como un rey Arturo y a vosotros como caballeros de la Mesa Redonda. Pero no quiero que nadie pierda el juicio con un nuevo libro de caballerías, seré un gangster de novela negra, género más saludable para el lector ya que no para los ciudadanos.

Mis padres se llamaban Ennio y Beatrice. Cuando era un niño de tres años, robé yo solo un banco. Me lo llevé a mi casa y me senté en él. A los siete, maté a mi padre. Le contaba chistes tan malos que me dijo una vez: "Niño, me matas con tu pesadez". Un día salió a comprar tabaco y no le volvimos a ver nunca más. Cuando le preguntaba después a ella dónde estaba, ella sólo me contestaba: "Ha muerto para nosotros, hijo". Yo extraje la consecuencia lógica de que habían sido mis chascarrillos lo que lo había matado.

Tuvimos que salir adelante mi madre y yo solos y a los diecisiete años, además de mi casa, tenía ya residencia veraniega, la cárcel, coche particular, el de la policía, y abogado, aunque de oficio.

Este es un país de oportunidades. Yo que empecé sin nada, me he encumbrado hasta lo más alto, estudiando, siendo emprendedor y poniendo coraje en todo lo que hago. También los árboles con muy pequeña semilla, llegan a ser gigantes. También los grandes imperios han surgido de pequeñas ciudades. También un solo cerdo puede formar una montaña de estiércol.

Tengo un sueño: ser junto a vosotros una pesadilla, un terror nocturno. Espero no despertar, lo que sólo podremos conseguir si no nos dormimos.

Así que, mis queridos Apóstoles del Mal, espabilad, salid a las calles, chantajead, sobornad, robad, traficad, secuestrad, amenazad, agredid y matad, cuanto más, mejor, pues cuanto peores personas seáis, mejores gangsters seréis. ¡Pero a trabajar, a trabajar, que parecéis inofensivos prelados!

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