12 de abril de 2011

Tú también caerás...


Desde el control de grabación gritaron:

-¡Se acabó!

El doblador se quitó los auriculares. A su encuentro fue el director de doblaje y le dijo:

-Has estado estupendo. En serio. Será un buen anuncio.

-¿Sólo un buen anuncio?

-Ya no estamos a principios de siglo, Pedro. Hoy en día ya no se estila el cinismo materialista. Ahora hace más gracia el humor humanista. Si te hemos contratado es porque este producto sólo despegará comercialmente si atrae a los jubilados. No necesito decirte que, cuando más, el spot quedaría a doce puestos en popularidad de ese anuncio que está ahora en boca de todo el mundo.

-¡Cómo odio ese anuncio! -dijo el doblador. ¿Te acuerdas de aquella fruta que daba alaridos mientras era asesinada o del lama budista del que nos reíamos porque no era capaz de reencarnar en un automóvil?

-Me acuerdo, yo también soy muy mayor.

-Pues aquello era humor de verdad. Los anuncios de ahora parecerían entonces insoportables ñoñerías.

Nos reiríamos de ellos, no con ellos.

-Estamos acabados, Periquín...

Pedro fue caminando hasta su casa. Su nieta le dio un beso al llegar.

-¡Ay, ay! -dijo él- ¿Qué quieres de mí que me has dado un beso?

-Nada, abuelo, no seas materiaca.

-Venga, prepárame un plato de gula del Norte.

-Abuelo, vas a coger Alzeimer. ¿No te acuerdas de que la gula del Norte se ha extinguido?

-No me hables más de Ecología... Entonces prepárame una pizza, ¿o también se han extinguido las pizzas?

-Abuelo, cocina mediterránea, no comida basura, eso es lo que recomiendan los médicos.

-¡Qué es esto! -gritó agria y amenazadoramente- ¿La Casa de la Pradera?

-No es La Casa de la Pradera, abuelo, la realidad es como es. La gula del Norte se ha extinguido, como otras miles de especies, y la pizza es perjudicial para la salud. De todas formas, no puedo prepararte la cena porque voy a salir con los amigos. Te estaba esperando pero ya me voy. Adiós, abuelo.

-Siempre me dejan solo -pensó, y sentenció:- El destino del Hombre es la soledad.

-¿No necesitas nada, abuelo? -dijo su nieta desde la puerta de la calle.

-¡Cuando necesite algo, te lo pediré, estúpida! -le gritó fríamente, enfadado por la interrupción de lo que consideraba sus altos pensamientos.

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