5 de abril de 2011

Espectros

Desde muy joven fue un obsesivo coleccionista de supuestas fotografías de espíritus. Deseaba con vehemencia ver uno con sus propios ojos y comunicarse con él. Pero a pesar de sus numerosas tentativas experimentales, nunca lo conseguía y se iba desengañando cada vez más.

Un día, mirando una de aquellas fotos en la que se veía una mancha luminosa, se dijo que la vida era apenas aquello, la foto de un espectro observada con ávido interés por un cazafantasmas sin suerte, y que todo era vanidad, como dice el Eclesiastés. De modo que los espíritus huyeron siempre de él y él siempre se esforzó en vano por manifestarse entre ellos. Finalmente pudo ver un espectro a penas formado al que, sin embargo, no pudo sacarle una sola palabra. Aquel semi-éxito le deprimió aún más.

-¿Para qué me he pasado la vida conservando esas fotos falsas -pensaba- si cualquier foto es la de un fantasma? ¿Para qué he perseguido a esas criaturas durante tanto tiempo, si cualquier fantasma es como una foto?

Viendo que su afición le había hecho un solitario y que había fracasado en todo, cayó en la melancolía. A veces, ver su imagen reflejada sobre una superficie líquida le traía a la memoria lo irreal de su existencia.

-¿De verdad soy yo la realidad, o lo es ese reflejo? -se preguntaba en esas ocasiones. La vida es como un submarino bajo un mar de convenciones o como un búnker hecho de patrañas.

Pero entonces sintió el tacto delicado de una mano sobre su hombro...

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