4 de abril de 2011

El Vecino Solitario

Estaba harto de los vecinos. Siempre con sus murmuraciones, siempre mirándole como a un loco cuando pasaba cerca de ellos. ¿Es que no sabían ya de sobra, porque se lo había confesado él mismo, si bien telepáticamente, que era de otro planeta? ¡Qué gente más rara! Cada vez que pensaba en ellos se ponía nervioso. Era mejor estar concentrado en su trabajo dando vueltas y más vueltas a sus brazos. Pero hoy no era día de trabajar. Era domingo y no había nada que hacer... ¡Tal vez sí! Fue rápidamente a su escritorio. Sacó una hoja en blanco.

Hacía ya tiempo que no lo practicaba. Se sentó frente al papel y con la mirada perdida aguardó muy concentrado. Al poco el sudor manaba de su cara y su cuello. Parecía que aquello no acababa de llegar.
De pronto notó cómo se le cerraba involuntariamente un ojo mientras era presa de temblores. Enseguida comenzó a salir de los poros de su rostro un fluido espeso y azul. Casi mecánicamente, se dejó caer sobre la mesa. El fluido se incrustó contra el folio y salpicó en derredor.

Tambaleándose levemente llegó al cuarto de aseo. Los sucesivos enjuagues no impidieron que su piel conservara un tenue matiz azulado. Algo inquieto, asomado al balcón, contó calvos mientras se fumaba un cigarrillo. Volvió al escritorio y contempló el folio manchado artísticamente de azul. Si su anatomía se lo hubiera permitido, se habría dado unas palmaditas en la espalda. Una vez más, lo había conseguido.
Pero lo cierto era que ya tenía muchos como ése. Para ser sinceros, había dejado de ser divertido hacerlo. ¡Menos mal que ya sólo quedaba un día para volver a dar vueltas a los brazos!

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