27 de abril de 2011

El Origen de Nuestros Pesares

Más allá de las sombras del umbral del tiempo, en los abismos ocultos y herméticos de los límites del universo, la nada se extendía y reinaba sobre un erial más ancho que un millón de mundos. Pero también habitaba allí un aire, un hálito, una veleidad reflexiva de la nada que se agitaba en el vacío y daba luz a efímeras ensoñaciones.

Tras millones de años de hastío y contemplación, este aliento de la nada sopló para ver fuera de sí y vio el espacio. Contempló su infinita extensión y le inspiró una poderosa ansia de libertad expansiva. Pero una duda le atormentaba: ¿no seguiría viéndose a sí mismo, no sería ese ancho espacio otra ensoñación?

Miró en su interior y se preguntó qué tenía que encontrar para asegurarse de que realmente existía algo fuera de él. Dedujo que sólo compartiendo ensoñaciones con un no-yo llegaría a la evidencia que deseaba.

Durante siglos vagó entre las simas del umbral buscando en vano el no-yo. Hasta que halló a lo lejos una llama o luz etérea que oscilaba. Sopló en aquella dirección pero la luz se extinguió. Sin embargo, el hálito intuyó una presencia. Se hizo de más aire y preguntó a aquello que intuía si quería compartir sus ensoñaciones con él.

Al instante tuvo una espantosa visión de retorno a la nada que le parecía provenir de la voluntad de lo-otro. Entonces huyó horrorizado hasta el otro confín del umbral. Allí dejó de sentir la influencia maligna de aquella voluntad, pero creyéndose solo en el espacio con la única excepción de aquel aliento de destrucción, inclinó la cabeza hacia abajo y, acongojado por el más hondo abatimiento, resopló y, gracias a eso, apareció el Universo, triste mundo poblado de dolor y soledad donde hasta lo más real es sueño pasajero.


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