28 de marzo de 2011

"Nuestro amado Ejército Rojo también tiene sentido del humor"


El humo del último cigarrillo pasaba viscoso por mi garganta. Mis músculos estaban tensos, rígidos y, sin embargo, me sentía ingrávido, no notaba la tierra bajo mis pies. Ahora yo era sólo mi corazón, palpitando a un ritmo de galope. La venda azul cubrió mis ojos y el gaznate me empezó a temblar, como pugnando porque el alma no se me saliera por la boca. Mis labios articularon entonces unas palabras, pero creo que el estruendo del tambor no dejó que se oyeran. El redoble cesó y los segundos que duró el silencio fueron una eternidad y un éxtasis para mí.

Luego el cabo gritó:

-¡Pum, pum, pum!

Y lanzó una risotada en la que le imitaron todos los soldados.

-¡Venga, Vladimirovich, quítate esas bragas que te hemos puesto en los ojos

y vente a beber vodka con nosotros! -al tiempo que el cabo Ivánovich decía esto me soltó las manos, que me habían atado a la espalda.

De camino a la cantina, los reclutas que me acompañaban, compañeros míos, me iban diciendo:


-"Vladenko, si vieras lo pálido que te has puesto...". "Vladenko, te temblaban las manos...". "Has despedazado el cigarrillo que te han dado con los dientes, Vladenko...". "Bizqueabas cuando te dieron la noticia...". "Vladenko, ¿por qué rezabas, si no crees en Dios?";...

En ese momento no tenía un deseo mayor que el de dejar el ejército y hubiera desertado sin dudarlo de no ser porque, si me cogían, era la muerte lo que me esperaría, lo que no dejaba de ser peor que un terrible susto y una cruel humillación.

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