26 de marzo de 2011

Lo que estos puños me hicieron-3ª PARTE

Lo delirante de su descripción comienza a partir de ese momento y es que afirma que cuando ella agonizaba en el suelo, entró por otra puerta vestida como cuando todavía no vivían juntos.

-Idiota -le dijo ella con una sonrisa-, estoy aquí. ¿Dónde estás mirando?

El le sonrió también pero cuando escuchó un estertor de ella, de la que yacía en el suelo, cerró el puño y lo dirigió contra ella, la que estaba sonriéndole frente a él. Pero no dio en ella sino en un espejo, el espejo de la alcoba, que se quebrantó y cayó hecho pedazos al suelo.

Según él, desde entonces ella ocupa su cuerpo, mientras que el alma de él, reproduciendo sus propias palabras quizá significativas no para de huir.

Aunque no he encontrado rastros de que sus afectos eróticos se dirijan ahora hacia objetos diferentes a los manifestados consciente y públicamente antes del crimen, su mente, bajo ningún estado de conciencia, alterado o no, deja de creer que él no es él sino su esposa asesinada.

Permítame, señor magistrado, una reflexión, para acabar, más allá de los conocimientos que me ha dado el estudio y ejercicio de mi profesión. La ciencia tiende a sostener actualmente, que la personalidad o el Yo es producto de las neuronas del cerebro y las sustancias químicas que las relacionan, un conjunto delicado de elementos pero lo suficientemente burdo para que un fuerte golpe lo perturbe gravemente. Sin embargo ¿no es posible que un fugaz cruce de miradas al que una rarísima y azarosa coincidencia dotara de efectividad comunicativa casi ilimitada (una especie de telepatía de gestos), haya ejercido tal influencia sugestiva sobre el asesino, embargado o no por el sentimiento de culpabilidad, que su personalidad se haya disuelto en la nada al tiempo que, y no se me ocurre otra expresión, ha sido sustituida por la de la víctima?

Ya sea ésta una hipótesis verosímil para alguno más, ya no parezca a nadie otra cosa que una elucubración innecesaria y estúpida cuya exposición debería haberme ahorrado, todos ustedes compartirán conmigo que ojalá ningún asesino se librara de una de esas miradas...


Pedro Calpe Ruiz

Médico Psiquiatra y director del centro
psiquiátrico de Valnevada.

3 - junio - 1998
Valnevada



Fin del cuento
"Lo que estos puños me hicieron
(Una historia de violencia de género)"

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