4 de marzo de 2011

La Tarta de Cumpleaños

La cena había sido frugal y nos disponíamos a tomar el postre... Bueno, ellos, los señores, porque yo sólo era el mayordomo. Me había llevado años encontrar la ocasión justa. Era el día del centenario del señor. Sus muchos años los disimulaba su mucha fortaleza y salud debido no a una naturaleza vigorosa sino, al parecer y según los rumores de nuestra aldea, a sus prácticas ocultistas.

Había intentado varias veces vengarme de aquel viejo arrogante, que había obstaculizado mis amores con Obdulia, la joven hija de su última esposa. Pero la sorpresa era imposible. De nada servía aguardar su llegada en la oscuridad de la noche apostado tras una esquina de una calle con un revolver, pues algo, no sé qué, paralizaba siempre el dedo con el que debía apretar el gatillo. De no ser así, le habría matado con el arma. Habían sido demasiadas las humillaciones que había tenido que tolerarle, ¡demasiadas! En especial esa risita cada vez que me veía caminar cojeando e inclinado sobre mi pecho debido a la joroba que deforma mi espalda desde mi nacimiento.

Durante toda la cena, había estado el señor muy silencioso y con una mirada inquieta. Sólo yo y él conocíamos la causa. Y es que, en el fondo, el viejo y arrogante señor no había podido, a pesar de sus años, desprenderse de sus manías infantiles, una de las cuales era responder a cualquier desafío. Sus poderes de clarividencia le habían anticipado que estaba a punto de ser desafiado por mí a llevar a cabo una hazaña de extrema dificultad.

Cuando la tarta estuvo en la mesa, reaccionó de la manera que yo preví. Silenció los reproches que los familiares me empezaron a dirigir y se negó a aceptar el secador de pelo de pistola como instrumento para apagar las velas, prohibidas desde hacía seis décadas en las celebraciones de su aniversario.


Tres de ellas sucumbieron con el primer soplo. Nuevamente llenados sus pulmones, sopló con tanta fuerza que llegó a apagar el doble. Pero tras el décimo soplo todavía faltaban 87 velas por apagar. Después de soplar otras diez veces, estaba casi agotado y jadeando y el sudor brotaba abundantemente de su frente.

Su soplo número treinta fue tan débil que no extinguió ninguna velita. ¡Le había vencido! Me iban a despedir pero por esta vez él era el humillado. Por primera vez en toda la noche, me dirigió su mirada llena de desprecio, que a continuación una diabólica ira cubrió de un velo espantoso de opacidad.


Dio un salto hacia mí e intentó agarrarme para estrangularme pero yo le esquivé y me volví a detener junto a la mesa con aire desafiante. Al realizar este movimiento mutuo intercambiamos nuestros puestos: ahora la tarta estaba a mis espaldas y él frente a mí. Por eso, cuando volvió a lanzarse contra mi y yo, reaccionando en el último momento, me aparté, cayó sobre la tarta llenando su arrogante rostro de crema de nata.


¡Ja, ja! Mi triunfo no podía haber tenido un remate mejor. Le había humillado por partida doble en el día más solemne de su existencia. Para que luego diga la gente que Hans el de la giba no vale nada...

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