9 de marzo de 2011

Horror Invisible

Con las llaves del automóvil al fin en mi bolsillo, había abierto ya la puerta de la calle, cuando una fortísima ráfaga de viento, quitándome de las manos el picaporte, la cerró otra vez violentamente.



Empleando todas mis fuerzas intenté abrirla pero, como no lo conseguí, comencé a correr por toda la planta baja de ventana en ventana para saltar hasta el exterior. ¡Imposible! La madera estaba hinchada por la reciente lluvia y no había fuerza humana capaz de mover los postigos. Busqué inútilmente una palanca, un martillo, un hacha... 



Empujado por la valentía que da la desesperación, remonté la escalera que daba a la planta superior en cuatro saltos borrando de mi pensamiento lo que allí aguardaba, con la intención de lanzarme al vacío desde una de sus ventanas y salvar así mi integridad mental.

En adelante sólo recuerdo imágenes aisladas y borrosas: 






carreras frenéticas en busca de una salida, el horror que obnubila mis sentidos y atenaza mis músculos, un reloj que marca una hora en punto,


la aguja del tocadiscos que rasga los primeros surcos,



yo desplomandome,



un hilillo de baba que se escapa de mis labios y finalmente eso


la canción de Pimpinela "Olvídame y pega la vuelta", agradable y simpática para el que pasea por primera vez el oído por sus notas explorándolas con delectación como el caminante que atraviesa un paraje natural, pero inmundo y numinoso pozo de angustiosas sensaciones para el que ha de escuchar ese soniquete mañana tras mañana, desde los ya remotos días en que mi madre política llegara a casa (para instalarse en una de las habitaciones) y trajera ese diabólico disco que, para mi perdición, ella considera una bonita manera de comenzar el día.


Ahora he perdido el habla y dicen entre sí los médicos que me atienden en el psiquiátrico que mi mirada parece extraviada en un abismo de horror



¡Qué va! Es la expresión de descanso que ha invadido los rasgos de mi cara, pues dudo mucho que eso llegue hasta este tranquilo lugar.


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