8 de marzo de 2011

En un mercado de la Antigua Grecia

Dionisio de Tebas se encontró en el mercado a Teodoro de Atenas.

- ¿Cómo te va, Teodoro? -saludó Dionisio.

- Me va bien, ¿y a ti, Dionisio?

- Hace días que me molesta un dolor de muelas.

- Si te parece bien -dijo Teodoro- te enviaré a Hiparco, que es muy diestro en estas cosas.

- Te lo agradezco, Teodoro. ¿Qué te trae por aquí?

- Ha venido una remesa de vino de Tarento y quiero llevarme un ánfora. Es un vino estupendo.


- Mi esclavo la portará a la espalda hasta tu casa.


- No te molestes, mi esclavo lo hará -dijo Teodoro.


- No es molestia, somos amigos. Mi esclavo lo hará -dijo Dionisio.


- De ninguna manera.


- ¡Terco Teodoro, deja que te sirva por una vez! -gritó enfadado Dionisio.


- Sea, pues, si insistes.


El esclavo de Dionisio se echó a la espalda el ánfora que le indicó Teodoro.


- Creo que es muy pesada -dijo Teodoro.


- No, es muy ligera -respondió Dionisio-. Mi espalda no siente en absoluto el peso...




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