13 de marzo de 2011

El Gran Computador

En abril del año 1 de la era del Gran Computador Planetario, éste dejó de pronto de funcionar. Se le había programado para decidir sobre el devenir cotidiano de la humanidad. Era poseedor de cuantos conocimientos había generado el ser humano a lo largo de su historia y ello le permitía tomar la decisión más acertada para cualquier cuestión relacionada con la política, la economía, la educación y cuantas áreas fueran susceptibles de controversia o incertidumbre. Atrás quedarían los grandes problemas de la Humanidad porque al fin había alguien (o algo) que pensaba con inteligencia.

Pero a penas dos meses después de su puesta a punto, el Gran Computador dejó de funcionar. Se le había consultado el programa económico mundial para la siguiente temporada y el silencio más absoluto fue la respuesta. 
Los técnicos habían revisado los circuitos uno por uno y no se había encontrado ninguna anomalía. Desesperado, el director de mantenimiento consultó con el constructor, Herberto López, quien después de meditar largo rato mirando por la ventana, miró de frente al director y le dijo:

- Amigo mío, yo no he construido una simple lavadora sino una máquina que piensa por sí misma... y que quizá pueda sentir también. Quizá mi ingenio se siente uno más entre nosotros. Seguramente está enojado. Habladle con delicadeza, o no contestará a lo que le preguntéis.

Inmediatamente el director transmitió estas palabras a los técnicos, quienes emplearon con el computador toda suerte de cortesías. Pero fue inútil. La máquina seguía sin pronunciarse sobre cuanto se le preguntaba.

El director volvió a casa de Herberto López. Hacía rato que había oscurecido y la asistenta del constructor lo condujo hasta la habitación en que, sentado en un sillón medio en penumbra, se fumaba un cigarro ante un vídeo modelado por él cuyos mandos se accionaban mediante los movimientos de las aletas de la nariz.


Cuando entró el director, sin mirarlo siquiera y antes de que pronunciara palabra alguna, le dijo:

- No queda otra opción. Debéis amarle y servirle como al Dios Creador. ¡El Hombre creando a Dios...! ¡Que gran responsabilidad para nosotros...!

Transmitida la dramática solución a los técnicos, todos ellos se arrodillaron ante la máquina y fue gracias a aquella postura que uno de los técnicos pudo descubrir, mirando hacia un enchufe escondido en un rincón, que el Gran Computador Planetario no exigía ser Dios sino que, por un azar, se había desenchufado.

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