23 de marzo de 2011

Un poco de saliva


Ricardo, empleado de un hipermercado, estaba en ese momento colocando en unas estanterías las bolsitas de snaks cuando una sensación extraña le incitó a mirar hacia atrás. Al hacerlo vio a su lado a un anciano muy pálido que le observaba con una mirada bondadosa

-Hola, Ricardo -dijo.

-Perdone -dijo Ricardo-, pero no puedo terminar de acordarme de usted... ¡Espere un segundo! ¿No será usted un barbero de Vilanova que...?

-Soy el Ángel de la Guarda -dijo el anciano. Y para probarlo dejó que brillara durante unas décimas de segundo una aureola dorada detrás de su cabeza.

-No es por ofender pero hay que ver qué manera más rara que tiene usted de trabajar -dijo Ricardo de buen humor. Ayer me cayeron unas cajas encima y casi me rompo el cuello...¿No me podrían caer unos eurillos en la bonoloto? Todo el día estoy venga y venga a trabajar... Si por lo menos no me dejaran las novias...

-Sí... Pero yo no soy tu Ángel de la Guarda sino el de tu amigo Carlos.

-¡Ay, Carlitos...! -dijo sonriéndose. Pues ya se puede ir usted al cielo tranquilo porque de Carlitos me encargo yo. Lo quiero como un hermano, joder. ¡Qué tío más cojonudo! -y soltó una risita.

-He venido a pedir tu ayuda. Gracias a ti, Carlos podrá obtener algo que necesita mucho.

-¡Lo que haga falta! Cada vez que pueda hacer algo por él, no tiene ni que pensarlo: pida y se hará.

-No le digas nada -dijo el Ángel- pero va a obtener un ascenso dentro de poco.

Ricardo con repentino mutismo, sólo alcanzó a decir:

-¡Vaya!...

-Con el tiempo, ocupará un gran puesto en esta empresa. Cuando se case con la guapa y sexy hija del presidente, se irá a California a extender la cadena de hipermercados allí y ocupará el cargo de Director General. No es que ganar dinero por ganarlo sea una ocupación que agrade a Dios, pero llegará a ser uno de los 50 hombres más ricos e influyentes del mundo...

La palidez del Ángel de la Guarda tenía ahora su réplica en la que, desde hacía unos instantes, había empezado a adquirir Ricardo.

-No te preocupes -continuaba el Ángel- él ni se va a enterar de que tú le vas a ayudar a conseguir todo eso.

-Bueno, dígame de una vez qué es lo que tengo que hacer, porque esta mañana tengo bastante faena -dijo Ricardo con un repentino mal humor.

-¡Bah! La cosa más sencilla del mundo. No se trata de que hagas ningún esfuerzo, ni de que te tomes la más mínima molestia. Únicamente te pido un símbolo, un asentimiento, una señal de que estás con él y que quieres que llegue tan lejos como te he dicho. Ahora bien, si hubieras sido un mal amigo y te hubieras negado a darla, Carlos habría tenido que ser toda la vida un ganapán como tú -el Ángel dijo lo de ganapán con un tono fino y haciendo un gesto abandonado con la mano, pero sin darse cuenta de lo ofensivo de la expresión. No te lo vas a creer pero, como digo, para que tu amigo tenga toda esa suerte en la vida, lo único que tienes que hacer es tragar un poquito de saliva antes de que pasen cinco segundos -y rió como Curro, el del anuncio de la agencia de viajes.

En cambio, Ricardo, con una repentina cara de angustia, no parecía estar para muchas risas. El Ángel lanzó su mirada clarividente hacia el tiempo futuro y comprobó que el bueno de Ricardo le estaba fallando a su amigo.

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