31 de diciembre de 2011

El Corazón de Oro (Segunda parte)

Si no recuerdas la primera parte, pincha aquí: Primera parte

*   *   *

-Ese número sí que no me dice nada, Fred -dijo Mike después de soltar una carcajada-. Tus chistes me han hecho reír al fin -y cogiendo de nuevo su sombrero se dispuso a salir otra vez. El Jefe de Policía ya estaba acostumbrado a las bromas a veces pesadas del forense y las toleraba mal que bien.

-Lo he comprobado y es el número de placa del cabo Randell. ¡Te digo que no es ninguna broma Mike! Comprueba por ti mismo cuanto te he dicho.

Alfred Covent se dirigió a un rincón de la sala de autopsias, abrió un cajón y volvió con dos objetos metidos en sendas bolsas asépticas. Mike Zinneman analizó pacientemente primero el corazón de Karl Knabell y comprobó que el número estaba muy débilmente grabado, apenas una chamuscadura superficial. Luego cogió el objeto encontrado en el cuerpo del hombre negro, Bill Harper, lo rascó con la llave de su camioneta todoterreno y, después de hecha la prueba, dijo a su compañero:

-Fred, o Dios es un timador de poca monta o este suceso es más terrenal de lo que parecía en un principio. Este objeto es plomo con un baño de oro.

*   *   *

Al día siguiente, día 25 de diciembre, a las diez de la mañana, la esposa de James Randell abría la puerta de casa al Jefe de Policía, envuelta en su albornoz azul claro. 

-Hola, Mike, pasa. Jim está en la sala de estar. Está viendo los dibujos animados con la pequeña -y dijo esto último con el tono cómicamente decepcionado de la mujer que esperaba un marido más maduro cuando se casó.

-¿Como va la Navidad, Oficial? -dijo el cabo Randell poniéndose en pié y aproximándole la mano.

-Jim, ¿puedes venir conmigo al departamento de policía? -dijo Mike- Hay dos problemones allí, que no nos aclaramos.

*   *   *

El 26 de diciembre, un mendigo fue al departamento de policía pidiendo la comida de un día completo a cambio de un corazón que había hallado dentro de una bolsa de basura en un contenedor. Mike Zinnemann, en cuanto este hecho le fue comunicado, corrió a la sala de autopsias e interrogó al forense. El ADN iba a ser analizado pero no cabía duda alguna, en aquella ciudad tan pequeña, tan provinciana no se perdían corazones todos los días y menos en fechas tan tópicas y familiares, ni aunque hubiéramos hablado del cruel enero o el agobiante julio, habrían encontrado los basureros repletos de corazones. El corazón no era de un animal. No podía ser de otro que del pobre Bill Harper.

-¡Fred, creo que sé lo que ha pasado! -De pronto recordó que el departamento de policía estaba bajo sospecha y pidió al forense que le acompañara a la calle. 




CONTINUARÁ EL PRÓXIMO 5 DE ENERO


30 de diciembre de 2011

[BALANCE DE 2011]

Voy a hacer aquí un auténtico balance, con cifras inclusive. Yo que empecé el año 2011 con el mal presagio de un malentendido por mi inexperiencia en internet que me hizo insultar de gravedad a un gran amigo de mis años del Instituto, con lo que me volví a quedar, como los veinte años anteriores, sin absolutamente nadie con quien hablar ni a quien enseñar mis creaciones literarias, al finalizarlo hago el siguiente balance:

  • Enamoramientos: 9
  • Desengaños rotundos: 9
  • Amigos importantes: 22
  • Cuentos escritos en total: 200
  • Poemas compuestos: 100
  • Publicaciones on line de novelas: 1
  • Sufrimientos y penas: 5.000
  • Alegrías y felicidades: 2.000
  • Lances en defensa de mi honor: 40
  • Lamentables malentendidos: 40
  • Victorias contra mi timidez cara a cara, fuera de internet: 0
  • Delirios graves: 1
  • Risas: 800.000
  • Lágrimas: el Mar Mediterráneo
  • Esperanzas: 365
  • Desesperaciónes por el acostumbrado silencio de mis lectores: 10.000.000.000.000.000.000.000

FELIZ 2012




Microrrelato de un iluso

Dedico este microrrelato a
Susana, la audaz y
genial administradora de 
Feliz Año Nuevo
y prosperidad para
todos tus proyectos.

Luis Rafael García Lorente



Seis amigos que estaban en el paro decidieron escribir un microrrelato cada uno con la intención de votar entre ellos mismos cuál era el mejor. El más iluso de los seis, que no consiguió ganar, escribió lo siguiente:

"Tzu Yao inventó un elixir que permitía vivir eternamente, pero cuando fue a bebérselo, lo echó en un recipiente con residuos del elixir de la felicidad, que le había echado al perro. Por eso cuando se lo bebió, su eternidad se comenzó a dividir en cortas etapas en cada una de las cuales todo lo de la anterior cambiaba y mejoraba".




28 de diciembre de 2011

Microrrelato de un petulante

Dedico este microrrelato a Saoirse Jignesh,
amiga del facebook, agradable, bondadosa
 y culta muchacha argentina, de sorprendente 
dignidad e inteligencia. Ojalá el próximo 
sea un año feliz para ti y tu familia.

Luis Rafael García Lorente



Seis amigos que estaban en el paro decidieron escribir un microrrelato cada uno con la intención de votar entre ellos mismos cuál era el mejor. El más petulante de los seis, que no consiguió ganar, escribió lo siguiente:

"Soñé que Jorge Luis Borges estaba en la fila de los que esperaban para que les firmara un libro recién publicado. Al llegar su turno, me dijo: 
"-No me lo firme, lo considero un mal escritor. No me ha gustado su libro.
"-¿Qué no le ha gustado de él? -pregunté.
"-Una coma." 





26 de diciembre de 2011

Microrrelato de un fanfarrón

Dedico este poema a Bea Magaña, la autora
de De Dragones y Unicornios, blog  apasionante
que engancha a quien se acerca a él y lee los 
episodios de su extraordinario mundo de fantasía épica. 
Paz y Felicidad, Bea.

Luis Rafael García Lorente



Seis amigos que estaban en el paro decidieron escribir un microrrelato cada uno con la intención de votar entre ellos mismos cuál era el mejor. El más fanfarrón de los seis, que no consiguió ganar, escribió lo siguiente:

"Se puso el bañador y se lanzó por la popa del yate para bucear agradablemente. Después de un tiempo, como sentía que todavía podía aguantar la respiración unos segundos más, llegó hasta el fondo submarino. Vio allí una concha de ostra y quiso llevársela. Estaba extrañamente pegada al suelo pero, con un poco más de esfuerzo, la despegó y se lanzó con ella de retorno al yate. 
"Tras quince días angustiosos para toda la humanidad, con la luna llena volvieron a tener agua los mares y océanos y él, misericordiosamente, volvió a encajar la concha en el lugar del que la había extraído." 

25 de diciembre de 2011

[Mis comentarios en el blog de Damián Montes]

El interesante blog de reseñas de libros de Damián Montes Castillo, LescturaS ApartE, ha publicado una reseña sobre el libro de relatos Obsesión de Antonio Lagares. Como rara vez leo algo sin dejar un comentario (y no como otros), he aquí la reflexión conspiranoica sobre la Navidad que he dejado.

También he dejado una reflexión que considero seria e interesante en la reseña de El Mapa y el Territorio de Michel Houellebecq

Damián Montes es autor de "Gallinas Nuevas en Vino Malo" y "También Olvidado".

24 de diciembre de 2011

El Corazón de Oro (Primera parte)

Cada 24 de diciembre representa el nacimiento
de un intento más de acabar con la aflicción
humana. Ha sido una victoria contra el Mal,
pues de lo contrario nadie tendría interés alguno 
en celebrarla, pero, como siempre, ha sabido
a derrota. El campo de batalla siempre está
dentro de nosotros. Ahí, cada vez que 
vencemos, muere algo nuestro. 

Aquel individuo alto que había tenido el dudoso honor de rematar con un tiro de rifle al hombre que había sido objeto del linchamiento, al quitarse el cucurucho, descubrió un rostro atractivo, con ojos azules muy claros, facciones nobles y un tupido cabello amarillo. Pero en su expresión se percibía no sé si rencor o amargura o un profundo sentimiento de impotencia, no se podría decir, porque no podemos conocer con precisión qué está sintiendo alguien si él no nos lo dice. Alguien, se acercó a él por lo que se precipitó a calarse de nuevo su cucurucho del Ku-Klux-Klan. 

-No te molestes, Karl, soy William -se apresuró a decir-. No te agobies más, no había nada entre ese tipo y tu chica. He hablado con ella. Sólo le entregó unos poemas. Era uno de esos mariconazos que hacen versos...

-¡También me lo dijo a mí ayer! -exclamó Karl-. Pero no la he creído. El negro ha dicho: -"La amaré más allá de esta vida". ¿Te crees que me chupo el dedo, Bill? Un amor así tiene que haber sido correspondido al menos un poco. Me las pagará. ¡Te juro Bill que me las pagará!

Karl desapareció corriendo a través del bosque en la penumbra de la luna creciente.

*    *    *

El Jefe de Policía entró en la sala de autopsias y al llegar junto al forense se quitó el sombrero y le tapó la cara al cadáver.

-Curiosa noche para que me invites a tu lugar de trabajo, Alfred -dijo.

-Mike, la víspera de Navidad la celebran las familias pero tú no tienes familia. Tú lo que tienes es una esposa que es un sargento. 

-Dime qué ocurre -contestó Mike, con repentina seriedad profesional.

-Pues me parece que ha aparecido una organización rival.

-¿Cómo lo sabes?

-Este hombre negro carecía de corazón, o mejor dicho, su cadáver llevaba incrustado en el lugar de su corazón uno de oro puro. Su pecho no estaba abierto ni hay aberturas lo suficientemente grandes en ninguna otra parte de su cuerpo. No sé cómo demonios lo han hecho.

-Fred, te perdono por esta vez, pero la gracia del chiste no compensa las molestias. Hasta pasado mañana, que lo pases bien con tus amistades.

-Ojalá fuera una broma, Mike, esto es sólo una parte. Tampoco el cuerpo de Karl Knabell, que ha muerto  por el golpe, al caer misteriosamente por la ventana de la habitación de su prometida, presenta señal alguna de cicatrices u operaciones quirúrgicas. Y sin embargo, su corazón tenía al abrir su pecho un número marcado a fuego.

-Demasiado fácil, Fred, lo adivinaría hasta un niño: el 666.

-No, Mike, es mucho más gris: el 5693...



CONTINUARÁ EL 31 DE DICIEMBRE


23 de diciembre de 2011

Microrrelato de un chulesco



[Se inicia aquí una serie de seis microrrelatos mínimos dedicados a diversos amigos con ocasión de la Navidad]


Este microrrelato lo dedico a una muy buena amiga,
Gloria Zúñiga, gran escritora y poeta.
Feliz Navidad, Gloria.

Luis Rafael García Lorente


Seis amigos que estaban en el paro decidieron escribir un microrrelato cada uno con la intención de votar entre ellos mismos cuál era el mejor. El más chulesco de los seis, que no consiguió ganar, escribió lo siguiente:

"Caperucita se quebró la cadera."

21 de diciembre de 2011

La Rata

Una rata con varias zonas del cuerpo sin pelo debido a la radiactividad (rata pelada en términos técnicos) se volvió paranoica debido al influjo del estrés producido por la música de una discoteca cercana y terminó con el hígado hecho polvo porque se bebía las sobras de los whiskies de los clientes de un bar. Mas, cuando llegó la Navidad, quiso la enorme bondad del Ayuntamiento de donde era transeúnte tratarla médicamente aun sin estar registrada en el censo. La operación duró dieciocho horas y cuando el último punto fue pespunteado, el triste roedor dio su alma. Dios le haya echado raticida suficiente para que en el cielo no haya alimañas como ella que roan los escapularios y hagan sus camadas con las sotanas y capas obispales de los desvanes de la gloria celestial.



19 de diciembre de 2011

Lo nuestro es teatro


-¡Absolutamente sublime! ¡Maravilloso! Pintando es usted único... Es usted un artista de la brocha gorda...

Alfredo volvía a casa satisfecho. Aquellos elogios, además oídos el día que remataba su trabajo en aquella enorme mansión, le tenían de muy buen humor.

-Yo soy un profesional que hace siempre un buen trabajo. ¿De qué me tengo que avergonzar?

Alfredo se hacía esta última pregunta retórica referiéndose a ese juego de máscaras, en cierto modo patético que tenían que representar su esposa y él en la alcoba las noches de los viernes. "¡Picasso, mon amour...!, le decía ella. Mientras que él le contestaba: "No me moleste, señora, estoy trabajando e inspirado en este momento...".

Antes de ir al dormitorio, Alfredo advirtió a su esposa de que la mascarada tenía que pasar a la historia pues él, en su nivel, era un Picasso o quizá incluso más, no importaba que su oficio fuera la brocha gorda. Ella estuvo de acuerdo, no le gustaba que la llamara "señora" siendo su honrada esposa, que trabajaba todo el día para mantener en pie el hogar.

Una vez que ambos estuvieron ya bajo las sábanas, apagaron la luz. La inminencia del momento en que se volvía urgente haber resuelto cierto problema que había venido soslayando desde hacía unos minutos permitió a Alfredo percibir con claridad la magnitud de éste y su difícil solución.

-Agustina -dijo de pronto.

-¡Ay! ¿Por qué me llamas Agustina, Alfredo?

-¡Agustina, que vienen los franceses, corre a los cañones!


16 de diciembre de 2011

El Celoso

Juan Otero, había dejado más que harta a su exesposa con sus celos obsesivos. A cada momento se la imaginaba yaciendo con un hombre. En su imaginación, ninguna mujer tenía más resistencia para el sexo que la suya pues, como si apenas le echase quince minutos entre un revolcón y otro, el ardor de sus temores se le reproducía cada media hora. Aunque sólo fuera por los gastos del móvil, este problema sería ya imposible de mantener durante mucho tiempo, de modo que tras el divorcio que tuvo que concederle a su fiel pero agobiada consorte, hizo una terapia psicológica tan maravillosa que le reportó un cambio radical. Se aprendió de memoria para no volver a olvidar jamás lo de la sustitución de las obsesiones por pensamientos positivos, la discusión lógica consigo mismo, el no considerar necesidad lo que sólo es un deseo y otras mil herramientas útiles para todo aquel que es víctima de sus propias emociones. 

Hasta tal punto mejoró que volvió a casarse con otra mujer, que no tenía muy buenas credenciales pero que su cerebro bien adiestrado le mostraba como la mujer más casta y bondadosa del mundo. Sin embargo, un día un vecino, hombre virtuoso que se desvivía por ser de provecho al mundo, le abordó y le dijo:

-Buenos días, Juan, el tiempo parece que va a cambiar, ¿verdad?

-Sí, gracias a Dios -contestó Juan Otero-. Esta semana han caído chuzos de punta sobre nuestras cabezas...

-Hablando de chuzos, ¡qué faena la de "El Fandi" con las banderillas el otro día en la Plaza de las Ventas!

-Ese lance a mí me parece que le gustó hasta al toro.

-Por cierto he de darte una malísima noticia, Juan. He oído contar que tu nueva mujer tenía mala fama cuando hacía vida de soltera.

-¿En serio? -dijo Juan sonriendo con una mueca sardónica en los labios-. ¡Bah! Yo no hago caso de habladurías.

-Espero que lo encajes bien, Juan, pero incluso hay personas muy malas que dicen que sigue con su ritmo de antes.

Juan echó una carcajada bondadosa y alegre y dijo:

-¡Cómo son las bromas en este barrio! Esas cosas me hacen sentir bien porque, si se gastan bromas sobre uno, quiere decir que uno ha alcanzado lo mejor que se puede desear que es ser querido por la gente, ni más ni menos...

-Juan, creo que estás negándote a admitir la triste realidad. Un encargado de un hotel de baja categoría alquiló una habitación a una mujer con el nombre y apellidos de la tuya y a un hombre con el que pasó la noche, incluso dando algún que otro grito de placer, según cuenta el viejo que reparte los pedidos por las habitaciones.

-¡Venga ya, vecino! Eso no hay quien se lo trague, parece una historia de Agatha Christie -y soltó una risa tranquila y relajada.

Pero el vecino, que se había ido poniendo más hosco y agitado a medida que Juan iba dejando pasar todas sus informaciones sin reaccionar con una pérdida de los nervios, cambiando a un tono de profunda irritación, dijo a continuación:

-¡Pues no es ninguna historia porque precisamente el hombre que estuvo con ella en aquella habitación del hotel fui yo!

Juan Otero se quedó mirando pensativo al rostro de su vecino y, al cabo de un espacio, dijo:

-Entonces sí que es posible que haya habido algo raro...

14 de diciembre de 2011

Siempre pensando en ella

La flotilla de cazas americana navegaba cerca de Neptuno con la esperanza de sorprender a alguna nave rezagada iraquí tras la eficiente huida de la superpotencia asiática. Eduardo Espinilla, a la cola del escuadrón, tenía su mente muy lejos de aquel lugar, en su Connecticut natal. Pensaba en Susan, la chica de sus sueños, y en lo triste que sería que por cualquier error o defecto personal ella dejara de estar interesada por él cuando se empezaran a conocer a fondo. Podía verse desde su posición una raja iluminada del planeta, con su característico color azul y él se acordó al verla del zafiro que le regaló antes de comenzar esta arriesgada misión. No valía más que 30 dólares pero ella se puso muy contenta. 

Observando cómo aumentaba y disminuía la llama de los reactores en la naves que le precedían en su maniobra de cambio de dirección, recordó que alguien estaba soldando la quilla de un yate cuando fue con Susan al puerto para bajar al islote a ver una película del siglo XXI recién restaurada sobre aventuras espaciales. Entonces se dibujó una sonrisa en su rostro. "¡Cuánto nos reímos!", pensó, "¡Cuanto disparate!".

Por la radio se escuchaban las conversaciones intranscendentes de los pilotos. De pronto escuchó algo sobre el batallón C-10. Acababa de sustituir al CX-15 en la misión de protección de la Luna. Susan pertenecía al batallón C-10. No era mal destino la Luna. Los iraquíes jamás se atreverían a acercarse a un lugar tan protegido. Esto le alegró pero también le entristeció porque la Luna estaba muy lejos de su base, en una depresión rocosa de un satélite de Júpiter.

-¡Atención, preparen el dispositivo de hipervelocidad! -dijo de pronto el capitán a través de la radio-. Nos dirigimos al punto INGELS 76593,  a las coordenadas 78502864263748 - 76544374846353 - 93744858573. No omitan ningún dato, es importante llegar a ese punto concreto porque nuestros radares de la base han detectado movimientos extraños allí. 

Eduardo se encontró de pronto sobrevolando un lugar muy distante de INGELS 76593. Por la radio escuchó  de nuevo la voz del capitán:

-¡Espinilla, no te localizo! ¡Dónde leches estás! ¡Es que has desertado, pedazo de maricón!

-Tranquilo, capitán, estoy en la Luna.

-¿Y cómo has llegado ahí, idiota?

-Es que estaba pensando en otra cosa.

-Ay, Espinilla, tú siempre en la Luna...


12 de diciembre de 2011

Por Fas o por Nefás


Dedico este cuento a mi amigo José Antonio B. C.

Luis Rafael García Lorente

Juanjo salió a comprar el periódico por encargo de su padre un martes que no fue al colegio porque tenía que ir al endocrino, pero a mitad de camino del quiosco se sintió intrigado por el tumulto alegre de una multitud de niños que se divisaba a unos doscientos metros, en la avenida que estaba cruzando en ese momento. Entonces la curiosidad le llevó hasta allí y comprobó que los niños estaban devorando dulces frente a una pastelería.

Cuando quiso retomar el camino del quiosco, un hombre se apresuró a sujetarlo por los hombros mientras decía:

-¿Dónde vas, chaval? Colócate en la fila que ahora mismo entras.

-No -dijo Juanjo entonces-. No quiero dulces.

-¡Cómo que no! -dijo el hombre-. A nadie le amarga un dulce. Guarda el turno; no me entra que un niño, como eres tú, no quiera comer dulces.

-A lo mejor es gay -dijo con intención burlona el niño que le precedía en la cola.

-No soy gay. Soy diabético -dijo Juanjo-. Los dulces me suben el azúcar.

-No importa -dijo el hombre-; aún así puedes probarlos siempre que no abuses.

-Es que no llevo bastante dinero.

-No te preocupes, es un obsequio de este establecimiento para los alumnos del Teresa de Jesús -dijo el hombre.

-Es que soy del Calderón de la Barca -contestó Juanjo.

-¿Y entonces qué haces aquí? -preguntó el hombre como interrogándose a sí mismo-. Bueno, no importa, habrá habido algún error.

Juanjo guardó un silencio otorgador.

-De todas formas, ¿qué vas a pedir? ¿Pastel de chocolate, tarta de manzana, helado de vainilla...?

-Es que me está esperando mi padre. Tengo que llevarle el periódico.

-¡O sea que no has venido con nosotros! ¡Jo, qué lapsus más divertido! -dijo el hombre mientras reía.

-¿Entonces, no me va a obligar a entrar?

-Yo no obligo... -contestó el hombre con un repentino tono sombrío de persona ofendida  pero a continuación lo sujetó de la mano y dijo:- Ven conmigo. No te preocupes que sin pastel no te quedas: lo pago yo...

Aquel hombre le hizo recordar a Juanjo un brujo déspota que vio en el cine, malvado pero muy simpático al mismo tiempo.


10 de diciembre de 2011

La Generosidad de una Mujer


Laura dio un portazo cuando su marido cruzó el umbral y salió. Era la tercera vez que lo hacía en un mes. Así acababa la tercera de las entrevistas que su marido Juan había mantenido con ella para rogarle que le permitiera regresar. En las tres ocasiones ella había defendido su postura inicial con firmeza a pesar de los ruegos, lágrimas y muestras de angustia de Juan.

Juan entró en el bar que había bajo aquel piso y allí encontró, siendo como era un tranquilo domingo de finales de la primavera, a tres de sus amigos.

-¿Has encontrado empleo, Juan? -le preguntó uno de ellos.

Juan pinchó una aceituna rellena de anchoa con un palillo de madera y, al mismo tiempo que masticaba, respondió:

-Ni hablar, no está la crisis todos los días en el telediario por nada...

-¿Así te lo tomas? Y eso que tu mujer te ha echado de casa por eso.

-¡Bah! Ella tiene su propio trabajo, no creo que pase hambre.

-¿Pero y tú? ¿De qué vas a vivir si no encuentras trabajo pronto?

-Me afiliaré a algún partido político... -y tras soltar una risotada continuó- ¡Y yo qué sé, Fernández, déjame en paz, pesao...!

-Bueno, bueno, yo sólo preguntaba, por si tengo que contarle tu historia a algún periodista.

-Yo no me voy a cortar las venas, descuida...

Cuando Juan salió del bar, los tres amigos comentaban con extrañeza la expresión de tranquilidad y regocijo que percibían en su rostro siendo su situación, como era, desesperada pues llevaba 8 meses en paro y no percibía ya el subsidio de desempleo.

-El alma de un vivalavida como él no se altera nunca por nada -dijo uno.

-Cuando se quede sin un céntimo y su mujer encuentre a otro tío, ya veremos... -replicó otro.

Juan, después de comer, volvió a su hostal y pasó la tarde haciendo crucigramas y escribiendo poemas de amor en servilletas de papel. Pensaba recitárselos todos a Laura. Era difícil que le aceptara teniendo en cuenta que ella también iba al paro al mes siguiente e iba a ser una carga si lo hacía pero al menos quería intentarlo.

Cuando llegó la puesta de sol, se encaminó de nuevo a su antiguo hogar y llamó a la puerta. Ella, tras observar por la mirilla, abrió y, airada, le dijo:

-No tengo nada nuevo que decirte. ¡Márchate, Juan! ¡Largo de aquí!

-Pero antes de que cerrara la puerta, Juan sacó una de aquellas servilletas de papel que estuvo emborronando esa tarde y leyó:

"Tal vez nos separe el tiempo
y, llevado por la costumbre,
tu cuerpo me olvide
y tu alma deposite el recuerdo de mí
bajo el polvo de los años
pero la luz de tus ojos,
Laura, ha incendiado mi alma
y, cuando la llama se apague,
será porque mi cuerpo ya no viva más."

Como vio que ella permanecía con expresión un tanto atónita ante la puerta, continuó con la siguiente servilleta y así sucesivamente hasta que, buscándose una enésima servilleta, su esposa se le acercó y, derramando lágrimas, juntó sus labios con los de él.

Una hora después, discutían en el salón. El decía que debían seguir separados para que no cargara ella con su manutención.

-¿Y de qué vas a vivir, tonto? Mientras tenga dinero, lo compartiré contigo.

-¿Que te parecería vivir en la Gran Vía? -preguntó él.

-Un sueño, claro, bobo -contestó ella- pero irrealizable. ¿Por qué?

-Porque como tenemos casa allí, es mejor que nos mudemos a ese lugar y vendamos este piso a un matrimonio de recién casados a bajo precio.

Laura estuvo largo rato mirando a Juan en silencio y pensando que aquel hombre no estaba del todo en su juicio y que la causa era el largo tiempo que había estado en paro. Entonces continuó él:

-Desde que tengo ese empleo en la agencia de publicidad, he ganado cierta imagen de prestigio y es mejor que vivamos en un sitio más potente.

Laura seguía con el temor de que su marido se hubiera vuelto loco.

-¡Laura, no me he pasado siete meses ahorrándome el sueldo para comprar ese piso para que ahora digas que es irrealizable que nos vayamos allí!

La mente de Laura se iluminó de repente tras esta tercera fantasmada de su marido y comprendió que le estaba queriendo revelar algo que le había ocultado durante siete meses, siete meses en los que ella le había dicho de todo.


El Miedo de Hauffmann



Karl Hauffmann era un artista de genio, sus amigos de la élite intelectual de Alemania coincidían en ésto. A él le gustaba oírlo y numerosas veces lo consiguió no con sus maravillosos poemas sino con la fuerza cómica de su cínico sarcasmo. Le gustaba hacerse pasar ante sus colegas como un campesino más, lleno de prejuicios absurdos pero viriles, caracterizados por la ausencia de delicadeza y sensibilidad propia de la gente que es dueña del equilibrio y la fuerza que da el contacto con la naturaleza. De ese modo se veía libre de la acusación de memo que cree en su superioridad sobre los demás sólo porque cultiva con amor de artesano, como todos los otros, unos felices pero insípidos versos.

A medida que crecía su ansia de alcanzar la admiración y la aprobación por sus poemas, paradójicamente su corazón se iba alejando más de la poesía y en sus versos entraba más el chascarrillo, la mofa y el guiño al buen alemán de la calle, apegado a sus fáciles y robustas tradiciones y siempre dispuesto a buscar la complicidad general con fanfarronerías y exageraciones sobre la propia valía y, a través de ella, sobre la del pueblo alemán.

Sus amigos de la élite empezaron a dejarle de lado, abochornados por su giro hacia la vulgaridad más autocomplaciente. Sin embargo por lo común, se le seguía considerando una buena persona, de firmes valores morales, con muchísimos amigos de todo tipo, que podían tratarle con toda tranquilidad sin temer represalias de su orgullo porque éste era poco inclinado a la indignación fácil e inmotivada.

Su campechanía atrajo al Führer, quien le encargó un poema sobre el destino del pueblo alemán que, una vez acabado, despertó los elogios, tan amados por él, de la élite política y militar alemana. Entonces comenzó a asistir a aquellos discursos multitudinarios, cargados de odio, violencia y promesas que llevaban al mayor entusiasmo a aquella gran multitud.

No sabía exactamente si admiraba a Hitler o no, pero en aquel entorno de campechanía general se sentía tan halagado al ver que pensaba y sentía como lo hacían todos los demás que decidió dejar la poesía y alistarse en el ejército nazi.

Estuvo destinado en diversos frentes europeos. Finalmente acabó como uno de los oficiales menores a cargo de Auschwitz. Observaba impávido el lento deterioro de los prisioneros, y su asesinato, torturas y mutilaciones sin dejar de creer que era una buena persona porque seguía identificado con los planes de los alemanes de lograr un futuro de bienestar y concordia al que no debía acceder aquella chusma que, según Hitler, no era ni siquiera humana.

Nada parecía que iba a alterar este estado de cosas hasta que un día, alejado como estaba de todo contacto con mujeres desde hacía meses, su mirada se cruzó con la de una joven y atractiva judía que, en silencio, mostró en su rostro toda la desaprobación que le causaba el oficial Hauffmann. Esto le dolió un tanto. Pero en adelante ese dolor funcionó de idéntico modo a la flecha de Cupido y no podía pasar un día sin verla y cruzar una mirada con ella intentando suplicarle no más que con los ojos que le amara.

Un día no la pudo encontrar donde solía ni en ninguna otra parte. Supo que la habían llevado al laboratorio. Aquella noticia le derrumbó. Su ansiedad por el destino de la mujer que amaba era casi equiparable a una culpabilidad pues pensaba que era él el responsable de lo que pudiera pasarle a ella. No sabía ya qué partido tomar, si el del bien común, que la condenaba, o el de su deseo egoísta e individual, que le obligaba a odiar las consignas del Führer. Sin embargo, al fin se consoló diciéndose:

-¿Qué podría hacer yo por mí, solo frente al mundo, pensando que llevo la razón en todo, cuando en realidad los humanos somos tan débiles e ignorantes que necesitamos que alguien vele por nosotros?

Pasadas unas semanas, la chica judía volvió al barracón horriblemente mutilada. Le faltaba un pecho y en el otro tenía una cicatriz profunda. En su vientre había otros signos quirúrgicos. Ni siquiera se habían tomado la molestia de vestirla, quizá para que todos vieran lo que habían hecho con ella.

Karl Hauffman se aproximó a ella y, contemplando su desnudez torturada, dejó caer unas lágrimas y comenzó a sollozar. Ella no podía hablar porque le habían amputado la lengua pero le hizo signos para que le diera papel y lápiz. El sacó de sus bolsillos un cuaderno de notas y un lápiz. Durante unos segundos escribió algo y al terminar lo colocó en las manos de Hauffmann mostrándole en la expresión del rostro una grave aunque ya no desaprobadora intención.

Karl Hauffmann reconoció enseguida lo que estaba escrito en aquel papel. Era un verso que compuso cuando era todavía un sensible y casi adolescente miembro de la élite poética alemana. Decía:

"¿Qué gana el Hombre acorralado por el miedo?"


9 de diciembre de 2011

La Maratón



En la maratón de las fiestas de su pueblo, Odón Pelayo y Domingo D. Tristón eran quienes, según aseguraba todo el mundo, se repartirían el primero y segundo puesto. Ambos eran tan rápidos como resistentes y se preparaban deliberadamente para estar en forma desde meses antes de la celebración del patrón del pueblo.

El nombre del ganador se grababa cada año en el monolito de la plaza principal y quedaba a la vista de todos para toda la vida. Él en cambio sabía que no iba a ganar pero quería quedar en el mejor puesto posible. Su angustia mientras pisaba el rastro de yeso que hacía de línea de salida era grande, mientras que el resto de los participantes, exceptuando a los dos favoritos, parecía bromear y reír con tranquilidad.

Un vecino del pueblo gritó la señal de salida y de pronto notó cómo su angustia se transformaba en una rabia orgullosa que aligeraba su cuerpo y le atraía hacia la lejana meta con el frenesí de una roca rodando hacia un abismo. Tal fue su ímpetu que Odón Pelayo y Domingo Tristón habían quedado a varios metros de sus talones nada más salir. Al verse de momento superior a todos sus rivales, sintió desaparecer en su espíritu ese dolor por la propia insignificancia que todos tenemos pero que en su caso había ido royendo su esperanza y fe en la vida con especial voracidad. Precisamente por esa costumbre de escuchar la voz que destruía su vida, aun en la plenitud de su euforia, pareció que desde una distancia remota le volvía a hablar con la fragilidad de un pajarillo herido.

-No estoy reservando fuerzas, quizá no acabe siendo más que la liebre que aclara las posiciones -se dijo-. Pero estar a 20 metros de Domingo después de dos minutos corriendo no lo consigue cualquiera... -y al decir esto último volvió su alegría.

Al completar la primera de las tres vueltas a través de las calles del pueblo de que constaba la maratón, seguía en primer lugar y ya no pensaba en otra cosa que en entrar el primero en la meta. Sin embargo fue en ese preciso punto de su carrera que la sombría voz de siempre irrumpió un poco más cerca.

-Estoy ya muy cansado, pero ellos están dejándome ir delante porque la carrera es entre ellos dos, pero en el momento que quieran correrán un spring y me dejarán clavado.

Sin embargo continuó en primer lugar sin perder mucho el ritmo hasta el punto de doblar a Odón Pelayo, hazaña que le llenó de felicidad y acalló durante minutos la voz de su perdición.

Marchaba ya sobre los últimos metros de la carrera en el primer puesto con su típico ritmo incansable cuando aquella terrible voz por un tiempo silenciada irrumpió con la fuerza desesperada de un condenado a muerte que intenta justificar sus crímenes en la forma de un pensamiento fuera de toda lógica pero estremecedor:

-Domingo me está dejando ganar... Le doy lástima.

Ese pensamiento le dejó tan absorto que aminoró y se detuvo casi en seco. No se apercibió de que Domingo Tristón acechaba a unos metros de él, por lo que al ver su decaimiento aprovechó para adelantarle y comenzó el rumbo hacia la victoria por tercer año consecutivo. Cuando él quiso reaccionar y recuperar el ritmo anterior para alcanzar a Dionisio Tristón, todos sus músculos quedaron agarrotados y allí mismo cayó.

Al oír el clamor del público, que les aguardaba en la meta, Domingo Tristón sintió curiosidad y miró hacia atrás y la súbita impresión al ver a su rival caído en el suelo le hizo pisar en falso y torcerse el tobillo. Fue tal el dolor que sintió que no atendió a lo que ocurría a su alrededor parte importante de lo cual era que su insignificante rival, recuperada la movilidad en muy pequeña medida, caminaba hacia la meta muy muy despacio, como un anciano reumático y atravesaba la línea de yeso en primer lugar.


8 de diciembre de 2011

Un Job en las Desgracias



Una muchedumbre bulliciosa aguardaba el inicio del horario de tiendas ante la puerta de unos grandes almacenes. A medida que se aproximaba la apertura, aumentaba la tensión aquel primer día de rebajas.

-¡Por favor, no empujen! -gritaban en la fila.

-Ya puede una madrugar -se quejaba una mujer-, que los sinvergüenzas entran los primeros siempre.

-Usted está loca -le respondía otra-, yo llevo aquí desde hace tres horas.

José estaba en los primeros puestos de la cola. Había madrugado mucho porque no quería quedarse sin su cazadora de cuero. Era la primera vez que iba sólo a comprar ropa. Aquel día era muy importante. Al fin iba a demostrar a su madre que era ya un joven independiente y capaz de conducirse solo por el mundo. Pero había tomado el desayuno tan deprisa y a una hora tan desacostumbrada que tenía nauseas. Se sentía mareado y las apreturas que empezaba a haber a medida que iba llegando la hora de entrar no le ayudaban a recuperarse.

Estaba pálido pero nadie parecía advertirlo. En sus oídos retumbaba el estrépito de la gente, las risas, los gritos, las riñas... Poco a poco fue escurriéndose hacia abajo por la pared en la que estaba apoyado y cayó al final sobre la acera totalmente inconsciente.Quizá algunos se dieran cuenta de su desmayo pero las puertas se abrieron en ese momento y todos se precipitaron hacia el interior para no perder su puesto y la oportunidad de hacerse con una ganga. Cuando recuperó la conciencia, estaba solo, nadie le atendía.

Recordó lo que le había traído allí y al instante se incorporó y, tambaleándose, fue en busca de su cazadora. Pero las cazadoras de su talla se habían agotado. La última la llevaba una mujer, que acompañaba a su hijo. Al advertir la decepción de José, le dijo:

-Aquí hay que correr y ser espabilado, nene. El que no se da prisa, se queda sin nada.

-Es que me he mareado en la cola -dijo él.

Tras emitir un ruidito nasal que indicaba sorpresa, la mujer le dijo:

-Hay otras cazadoras un poco más caras en la segunda planta. Acércate y busca al entrar en el primer pasillo de la izquierda.

José se dirigió a ese lugar y encontró las cazadoras. Pero, cuando estaba cogiendo una de ellas, otro adolescente asió la prenda al mismo tiempo y tiró de ella. La cazadora se hizo un siete porque ya tenía un desgarrón antes de que la encontrara José. El otro chico huyó con la misma velocidad que se aproximó a arrebatar a José la cazadora pero éste, quizá ingenuamente, se acercó al encargado de la sección para entregarle la prenda echada a perder.

-Esta cazadora vale cuarenta euros -dijo entonces el dependiente.

-Ya no quiero comprarla porque se ha roto -dijo José.

-No importa -dijo el dependiente- la has roto tú y tienes que pagarla. Si fuera otro producto, se haría cargo la casa pero tratándose de esta marca, la norma es la indemnización por parte del que deteriora la prenda.

-Es que no la he roto yo.

-Te he visto -dijo el dependiente. Si hubieras dejado que se la llevara aquel chico, no habría pasado nada, se ha roto porque sujetaste la manga con fuerza.

José no discutió más y entregó el dinero. Dio media vuelta y ya había avanzado unos pasos cuando el dependiente le llamó y le dio la cazadora rota dentro de una lujosa bolsa de tela para transportarla.

-Si encuentra quien se la arregle -dijo el dependiente-, es muy cómoda para llevarla en casa. Se la quita, si hay visitas, para que no vean el zurcido y en paz.

Ir por la calle en dirección a la parada de autobús llevando aquella enorme y elegante bolsa pero que tenía en su interior una prenda sin ningún valor le hacía sentirse como alguien que fingía opulencia por aparentar cuando, si el mundo fuera justo, podía haberla aparentado sin necesidad de fingir.

De modo que abrió un contenedor de la basura para deshacerse de aquel bulto tan molesto. Pero una mujer de unos sesenta años le llamó desde cierta distancia antes de que lo tirara.

-¿Estás tirando una prenda de las rebajas de El Hilo Francés? -le preguntó con tono asombrado.

-Es que no sirve, tiene una manga deshecha.

-¿Y por eso la tiras, criatura? Si me das cinco euros más, te la cambio por otra casi igual que tengo en mi tienda.

-No, gracias, no me quedan más que cinco euros y tengo que comprar el billete del autobús.

-Yo te descuento lo que valga el billete, no te preocupes por eso. En realidad el roto es poca cosa, lo que más hay es descosido -dijo la mujer inspeccionando la prenda.

José siguió a la mujer hasta una diminuta tienda de ropa de segunda mano y de ocasión. Dio un billete de cinco euros y la cazadora a la mujer y ésta entregó a José una bolsa blanca con una prenda de cuero en su interior. Entonces la mujer se dirigió a la caja registradora para entregarle al chico el descuento prometido.

Pero casi todo el cambio había desaparecido porque se lo había llevado su hija y precisamente faltaban seis céntimos para completar el precio del billete.

-Si estuviera aquí mi hija, subiría al piso por lo que resta -dijo la mujer- pero ya he hecho bastante por ti. Si quieres los céntimos que te faltan, pídeselos a la gente por la calle.

José salió perplejo de la tienducha y cuando había andado unos pasos sacó de la mugrienta bolsa que le entregó la mujer la cazadora y comprobó que no estaba rota pero estaba tan descolorida, cuarteada y raída que era todavía peor que la que había intentado tirar al contenedor. Volvió sobre sus pasos, pero la mujer ya había cerrado la tienda poniendo un cartelito que decía:



NO VOLVEMOS HASTA MAÑANA



Nadie quería entregarle aquellos seis céntimos. Todos decían que el dinero no se lo regalaba nadie a ellos y que él no tenía pinta de estar pasando tanta necesidad como para ir pidiendo limosna. Entonces se le ocurrió la idea de vender aquella prenda inútil por seis céntimos.

Un interesado en la compra miró la cazadora de alto en bajo y, sospechando alguna burla o trampa detrás del asunto, porque un paquete de clinex ya valía más que ese dinero multiplicado por veinte, le dijo al chico:

-Te doy sólo cinco.

El chico vio que se le hacía tarde, aceptó el trato y corrió hacia la parada de autobuses. El que debía llevarle a él estaba ya allí. Entrego todo el dinero que llevaba encima al conductor pero éste, viendo que faltaba un céntimo, le dijo al chico:

-Te perdono el céntimo, chaval, pero te lo tienes que ganar. Toma estos cincuenta céntimos y me traes un botellín de agua mineral.

Entró en un bar pero era tan tímido que no quiso pedir el botellín mientras que el encargado del bar no atendía a los otros que habían llegado antes que él. De modo que cuando volvió con el botellín a la parada, el autobús había partido ya.

Tuvo que ir caminando los seis kilómetros que le separaban de casa aguantando el frío y el cansancio, el sueño y el malestar estomacal. A la entrada de su pueblo se le encaró un perro mostrándole sus dientes y emitiendo un gruñido grave. José le amenazó con el botellín de agua y se apartó unos metros pero luego volvió. Entonces José volvió a amenazarle y esta vez le lanzó además el botellín, que pasándole por encima cayó a una acequia y se lo llevó la corriente. El perro al fin le atenazó una pierna con sus fauces. Pero en ese momento le llamó su dueño y acudió pacíficamente a su lado agitando el rabo y muy alegre.

Cuando José llegó a casa, era ya el atardecer. Su madre le abrazó llorando de emoción. Un motorista de la policía llegó en ese momento para conocer detalles de la supuesta desaparición que había sido denunciada por su madre.

Conocida a grandes rasgos la historia, el policía se quitó su cazadora para entregársela a título personal al niño, que en ese momento vio las puertas del cielo abiertas al contar con el orgullo de llevar semejante prenda delante de todo el mundo.

-¡No! -dijo su madre. Gracias pero no es necesario, además no es de su talla. De aquí en adelante, señor agente, me preocuparé de que no vaya sólo a ninguna parte. Esto no ocurrirá nunca más...



7 de diciembre de 2011

Noticia Cierta de un Hereje



Aconteció el mes de abril del año de nuestro Señor de Mil y Seiscientos Dieciocho que el Santo Oficio tuvo preso en Toledo a Pablo Lorenzo, hombre rústico de un lugar de Zaragoza. Dio este hombre razón de cuanto se le preguntaba. Dixo que era labrador, que ni sabía leer ni escribir y que no conocía lo que se decía en libro alguno de Teología. Preguntósele si amaba a Nuestro Señor Jesu Cristo y dijo que sí, en extremo. Preguntósele después quién era Nuestro Señor, según pensaba él. Respondió que Nuestro Señor era tío suyo y que por ello él tenía derecho a ser Sumo Pontífice más que el Papa Pablo. Díxosele entonces que esas palabras eran blasfemias y pidiósele que confesara que las había aprendido de la lengua del Diablo. Contestó que él odiaba al Diablo sobre toda otra cosa y que lo que había dicho lo había sabido de la boca de Dios, que le quería como un padre.

Viendo que el hombre seguía con villanías y locuras tales, al cabo de un tiempo le hicieron padecer suplicio, pero él nunca quiso decir que fuera el Diablo su señor. Llegó a tanto el tormento que dio el alma en él.

Supo el Santo Padre la forma de morir de Pablo Lorenzo y dijo a los hombres del Santo Oficio si la Inquisición no tenía otra cosa en qué ocuparse que dar muerte a un labrador loco por decir simplezas. El Santo Oficio, con mucha razón, contestó que no eran simplezas sino muestras de una muy grande soberbia y que un hombre no tiene jurisdicción alguna sobre las cosas de Dios, pues eso es asunto de la Santa Madre Iglesia. Con todo, habían ofrecido cuatrocientos ducados a su mujer para sustento de ella y de su hijo de siete años y se había rezado por su alma con mucho empeño y devoción para que Dios perdonara su orgullo.

El papa Pablo, antes de morir, todavía acordándose de Pablo Lorenzo, envió una carta a su mujer donde entre burlas y veras, le dice que el papado no es trono que hereden sobrinos ni hijos y que tuviera a bien recibir de su humilde mano cuatro mil ducados para sustento de ella y de su hijo.

Las últimas palabras de Pablo Lorenzo en el suplicio habían sido éstas:

-¿Qué me queréis, diablos mostrencos? ¿Soy yo acaso oveja de vuestro rebaño?

Y por decir que no era del rebaño de los diablos entendemos que no debía ser enemigo de nuestra Fe. Que Dios haya perdonado sus pecados y a todos nosotros nos libre de todo mal en tanto no nos acoja en su Santo Seno. Amén.

6 de diciembre de 2011

Informe al alto Mando



Procedo a informar de la ejecución de Inocente y de las circunstancias por las que se decidió tomar tan drástica decisión. Intentaré ser lacónico pero dando todos los detalles necesarios. Cuando Inocente contactó con nuestra organización, le condujeron hasta mí para que le adiestrara. En el momento de nuestro primer encuentro, iba con los ojos vendados por las lógicas precauciones, pero sonreía. Se le quitó la venda y enseguida me tendió su mano, me dijo cómo se llamaba y expresó su gran deseo de pertenecer a la organización.

Su entusiasmo me pareció excesivo y, tan pronto como lo percibí, ideé el apodo de uso interno que le correspondería: Inocente. Le dije que permanecería allí seis meses, el tiempo que emplearíamos en adiestrarle y le pregunté si estaba conforme. Contestó algo que demostraba claramente su aparente ingenuidad:

-Esto ha sido el gran sueño de mi vida. Aunque en lugar de seis meses fueran seis años, pasarían sin darme cuenta. Si quiere saber lo que es sufrir, venga a mi barrio a soportar sus largos días de tedio.

-¿La misión que tiene esta organización te da igual? -dije yo al comprobar que sólo hablaba de sí mismo.

-Al contrario -contestó- moriría de pesar si fracasáramos.

-Las penas no matan a los hombres -dije yo molesto-, matan las armas y los explosivos. De modo que espabila y déjate de sentimentalismos.

Estas palabras mías obraron efecto en él, puesto que ya no le oí expresar sentimiento alguno en adelante. Sólo tenía un propósito personal: seguir la disciplina. Se levantaba antes que nadie y, pacientemente, una vez vestido, se sentaba en el camastro a esperar el comienzo de la jornada, quizás entreteniéndose con los cigarrillos, limpiando su arma o simplemente sin hacer nada. Cuando le tocaba de vigía, a veces era tal su celo que, después de cumplir su turno, aun siendo de madrugada, seguía un tiempo en el puesto acompañando a su relevo.

Pero el exceso de entusiasmo en la disciplina es tan contraproducente, a mi entender, como la indisciplina y acabé por decirle un día que se levantara cuando lo hicieran los demás y que no quisiera hacer más mérito que sus compañeros en las tareas de aquel campo de entrenamiento porque no se trataba de mostrar buena voluntad sino de obedecer llanamente.

No pareció desobedecer tampoco mis sugerencias esta vez porque comenzó a actuar con total obediencia y rigor. Si se le ordenaba traer, sin más, agua del río, la traía turbia y con lodo y sólo cuando se le explicaba que era para beber, volvía y la traía clara como el cristal. No estaba nunca en su ánimo pedir que le aclararan una orden porque daba por hecho que sus superiores habrían tenido ese detalle por propia iniciativa si hubiera estado en su voluntad. Se convirtió, en resumen, en el miembro del campamento que más secamente ejecutaba las órdenes.

Así que un día me acerqué a él y le dije:

-Inocente, ¿estás contento aquí?

-Sin duda, señor -contestó con rectitud y respeto.

-Sin embargo actúas con un exceso de automatismo, a mi modo de ver. Te convendría que mostraras más alegría y entusiasmo. Manifiéstalos con más frecuencia, si no te parece mal.

-Lo haré, señor -me dijo.

De modo que Inocente comenzó a significarse por su alegre carcajada, muy estudiada, sus chistes forzados y poco graciosos, aunque continuos, y la sonrisa con que recibía cualquier orden.

Finalmente, nuestro campamento fue invadido por las fuerzas del gobierno. Llegaron al amanecer. Hubo cruce de disparos con muchas bajas por ambas partes. Se nos imponía la huida. Ordené que echásemos todos a correr, e Inocente, que era un buen atleta, nos adelantó a todos y al llegar al río subió en un bote, le desató las amarras y sin mirar a los que corríamos hacia él, se lanzó a remar río abajo impidiendo que aquellos de los nuestros que podían haberle acompañado en el bote tuviesen la oportunidad de hacerlo. En consecuencia, todos nosotros hubimos de afrontar una muy dura escapada con varias bajas.

Ya dejados atrás a los militares, nos encontramos con Inocente, quien nos recibió gritando nuestro eslogan.

-¡Deja de fingir, traidor! -le grité furioso. ¿Piensas volver a unirte a nosotros después de lo que has hecho? Has huido cobardemente olvidándote de tus compañeros.

El contestó:

-He hecho lo que usted ha ordenado señor: huir. Y si no he esperado a mis compañeros es porque aquí he aprendido a prescindir de todo sentimentalismo, a no hacer más que lo que se me ordena y a hacerlo con alegría y entusiasmo...

Aquellas palabras me parecieron más una burla que una confesión sincera, de modo que ordené que lo prendieran. Acordamos aplicarle pena capital. Nos temíamos que teníamos en él a un espía, el que había dado a la policía nuestras coordenadas.

Mientras lo ejecutaban, nos pareció que murmuraba el eslogan de la organización de nuevo. Por eso tengo una gran duda con respecto a él. Me ronda la sospecha de que hemos matado al mejor de los nuestros.


5 de diciembre de 2011

La Razón de una Manía



¿Querrá creerme el lector si le digo que siento una obsesiva aversión hacia los hermanos gemelos? ¿Que cuando los tengo ante mí, me parece como si viera a la muerte de frente? Ayer, sin ir más lejos, llegaron a mi bufete Ricardo y Francisco Parejo, muy buenos clientes, y ante su presencia, como siempre, experimenté la más insoportable sensación de inquietud. Estos dos hombres son hermanos gemelos pero carecen de cualquier otra cualidad que los haga dignos de mi rechazo. Pese a lo injustificado y poco razonable de estas emociones, no me es imposible atribuirles una razón, pues no me puedo persuadir a que carezca de una estrecha relación de causa con ellas cierto episodio de mi infancia jamás olvidado.

Sucedió en la playa un día de septiembre. El lugar estaba poco concurrido y yo, sin nadie con quien jugar, cargaba con una melancolía que estropeaba aquellas horas de libertad. Intenté construir un castillo, pero había jugado tanto con la arena aquel verano que hacerlo una vez más ya no me procuraba placer alguno. De modo que me senté en una roca a contemplar con amargura lo ilimitado del mar.

Al cabo de un tiempo atrajo mi atención la llegada de dos niños de mi edad que tenían una extraña semejanza. Nunca antes había visto unos gemelos, por lo que presencié su irrupción con curiosidad y suspensión. Todo era idéntico en ellos: su bañador azul, su toalla sobre el hombro izquierdo, sus dos cubos, uno en cada mano, su pala dentro del de la derecha... Todos sus movimientos parecían (o me lo parecían a mí) así mismo sincronizados: cuando caminaban, cuando se detenían, cuando giraban la cabeza, cuando se la rascaban...

Estuve observando su actividad concienzuda un buen rato. Comenzaron por dibujar en el suelo un gran círculo y a continuación empezaron a llevar arena al interior de éste transportándola desde zonas aledañas. Admirado por la magnitud de la obra y deseoso de salir de la soledad aquella mañana, quise convertirme en su colaborador. Me aproximé a donde ellos estaban y les pregunté si necesitaban mi ayuda.

-Claro que sí -dijo uno.

-Quedas contratado -ratificó el otro. Pero tendrás que trabajar a nuestro compás y manera y seguirás al pie de la letra nuestras reglas.

Yo acepté las normas y comencé a llevar arena al círculo, como ellos me ordenaron, para cuya tarea me prestaron uno de los cuatro cubos que habían traído. después de estar un buen espacio de tiempo yendo y viniendo con la arena, cogí el otro cubo, que nadie utilizaba. Pero entonces uno de los gemelos me amonestó:

-¿No te dije que cada uno llevaría un cubo? ¿Para qué has cogido otro?

-He pensado que así se hace el trabajo más rápido -le contesté.

-El trabajo se hará más rápido sin parar a cada momento por causa de lo que cada uno piense o deje de pensar -replicó con enfado.

El otro gemelo me dijo entonces sonriendo de medio lado pero con tono melancólico:

-Hazle caso, tenemos que trabajar unidos...

Tener tan poca libertad de movimientos hacía el juego menos divertido, pero de que siguiera en aquella tarea dependía que no volviera a sentirme solo y que mis actos tuvieran una razón de ser poderosa aquella mañana. Así que no le dí importancia a aquellas limitaciones y continué trabajando con un solo cubo y, cuando la obra alcanzó un tamaño considerable y se empezó a vislumbrar en ella claramente la forma de un típico castillo medieval, sentí orgullo y dije:

-Esto ya va pareciendo un castillo

-Va pareciendo un castillo... -repitió de forma malhumoradamente burlona el más antipático de los gemelos, que me había escuchado sin pretenderlo yo-. Si no fuera por mi hermano y yo, habrías hecho un adefesio, así que no critiques.

En silencio, seguí transportando la arena. Al poco, una niña se aproximó a observar lo que hacíamos y yo me quedé mirándola de hito en hito, totalmente abstraído, olvidándome de hacer otra cosa. Entonces el gemelo antipático me gritó:

-¡No pares, idiota! ¡A trabajar, a trabajar!

-¡Trabajaré cuando yo quiera! -contesté enfurecido.

-Piojo asqueroso -dijo él-, ¿quién te has creído que eres?

Deseando hacerme valer delante de la niña, respondí:

-Un piojo menos asqueroso que tú.

Y encaminé mis pasos hacia la roca desde donde vi llegar a los dos hermanos. Al verme marchar, me dijo el que me había llamado piojo:

-Vete, nenaza, lo único que has hecho ha sido estorbar.

Al oírle humillarme ante la niña como único premio al esfuerzo físico realizado, a las restricciones soportadas y a la obediencia y constancia con que observé sus arbitrarias y pueriles reglas, giré sobre mis talones, entré en la fortaleza de arena y grité:

-Este castillo es mío, quien se atreva a quitarle o añadirle un solo grano de arena se las verá conmigo.

Los dos gemelos, sorprendidos, fueron sin vacilar un instante a mi encuentro. En el ardor de la pelea hicimos desmoronarse la obra que llevábamos una hora construyendo, como si de pronto no valiera nada frente a nuestro interés por aquella guerra, que había pasado a primer término.

Cuando, agotados ya, dejamos de pegarnos, contemplamos las ruinas irreconocibles que quedaban a nuestro alrededor. Frustrados y resentidos, aquellos desaforados gemelos de pronto tuvieron un impulso que me cogió desprevenido. Tras decirse algo al oído, se apresuraron a sujetarme las muñecas por detrás, me tumbaron e inmovilizaron en el suelo y con sus manos me taparon las vías de entrada de la respiración de forma tal que, de no ser por la intervención de nuestras madres, allí mismo habría dejado de existir.
Fue mucho el tiempo que su fuerza bruta mantuvo interrumpida mi respiración. Nunca desde entonces he sentido tan cerca el fin.

Por eso ahora, cuando me tropiezo a unos gemelos o, por extensión, cuando contemplo a un líder político intolerante y maniático que dirige a su pueblo con pretensiones uniformadoras, los asocio de tal forma con los primeros gemelos que vi en mi infancia que, como si fuera a repetirse lo que estos hicieron conmigo, procuro alejar cuanto antes semejante aparición de mis sentidos, perturbado por el influjo de presagios de asfixia y muerte.